lunes, 15 de noviembre de 2010

El crash del 2010. (9)


Paralelamente, se irá manifestando la falta de disponibilidad energética -petróleo, gas- así como de la mayor parte de los recursos que son esenciales para la actividad económica, lo que acelerará la puesta en marcha de políticas tendentes a la determinación de las necesidades esenciales. Por eso probablemente se implantará la "regulación en el consumo" -el racionamiento- de muchos bienes y servicios que perfectamente puede ser complementado con alzas en sus precios a fin de forzar la reducción del consumo de los bienes y servicios racionados por debajo, incluso, de la capacidad de producción y suministro de la oferta; el objetivo será, claramente, el ahorro de los recursos.
Llegados a este punto se manifestará un problema que hoy ya ha sido abordado por algunos expertos: el excedente de factor trabajo de, sobre todo, media, baja o muy baja cualificación que en estos últimos años ha desempeñado tareas de bajo valor añadido y que, en gran medida, aunque no de forma exclusiva, se halla personalizado en la población de origen inmigrante; a esto se añadirán probabales tensiones entre esta población y la autóctona debido a la escasez de empleos y recursos.

jueves, 14 de octubre de 2010

El crash del 2010. (8)


A partir de mediados del año 2010 la sitaución se degradará aceleradamente. Se vivirá al día, por lo que el "que cada palo aguante su vela" será ley. El desencadenante de la crisis, lo que hará que se llgue a la conclusión de que la crisis es inevitable, será, probablemente, un hecho que afecte gravemente a la capacidad de obtención de recursos, caso de algún tipo de desastre natural o provocado.
Debido a la entrada en crisis de los elementos fundamentales de nuestro sistema, se llega al agotamiento de la capacidad de competición, el espíritu que, desde su nacimiento, ha guiado al capitalismo. La razón será obvia: si el objetivo último es la supervivencia, ¿contra quién competir? Ello tendrá un efecto demoledor sobre los principios que daban sentido al concepto de emprendedor: ¿qué riesgo tomar para hacer algo nuevo si el reto consiste en sobrevivir?

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El crash del 2010. (7)


La economía mundial lleva funcionando por inercia, con el piloto automático en gran medida programado con la filosofía inherente a la divisa "el mundo va bien". Lo que en el fondo significa esto es que el sistema no está preparado para actuar en situaciones de verdadero riesgo porque lleva muchísimos años sin enfrentarse a una auténtica crisis. Por ello, las medidas que se están adoptando y se adoptarán hasta mediados de 2010 serán un "ir a salto de mata", un ir "tapando agujeros", sin un plan determinado, intentando salvar la situación, salir del paso sin tener la percepción cierta de que la economía mundial se halla a las puertas de una crisis sistemática, y creyendo, en un principio, que se trata de un revés temporal. El problema reside en que no se ha prestado suficiente atención a los cambios acaecidos desde 1995.

martes, 14 de septiembre de 2010

El crash del 2010. (6)


La estructura actual se halla en proceso de profunda modificación debido a que la búsqueda del éxito individual, consustancial a la evolución que ha experimentado el sistema, ha desatendido la necesidad de cumplir cláusulas de estabilidad contenidas en el proyecto iniciado en 1929. El giro adoptado por el sistema tras el crash ha hecho que el planeta haya crecido, mucho, muchísimo, cada vez con más fuerza, pero a costa de entrar en un gasto de todo tipo de recursos desmedido e inostenible que, en la mayor parte de las ocasiones, ha derivado en el puro y simple desperdicio.
El motivo de tal desperdicio ha sido la propia filosofía capitalista. El capitalismo es individualista, es decir, cada individuo debe mirar sí -hacer lo mejor posible lo que le corresponde hacer- a fin de avanzar en su evolución personal, lo que incluye obtener la máxima ganancia en los actos económicos en los que participa, y de lo que se deriva que ningún ente supraindividual, como el Estado, ha de preocuparse de los problemas y quehaceres de los demás porque cada cual debe resolver sus problemas por sí mismo. En consecuencia, cada individuo actuará del mejor modo que pueda y sepa para sí; pero esa forma de proceder lleva implícito el desperdicio de recursos.

sábado, 11 de septiembre de 2010

El crash del 2010. (5)


La última vuelta de tuerca a este modo de hacer las cosas se dio en el año 2003, La recesión del 2000 (por el fin de fiesta de la burbuja puntocom) se solucionó con el inicio de una oleada de especulación inmobiliaria en muchos países y con la puesta en marcha de una serie de redes financieras basadas en el apalancamiento de deudas sustentadas en unas expectativas que, en última instancia, se basaban en la creencia de que el valor de los bienes inmuebles iba a continuar creciendo indefinidamente y nunca se producirá el impago de los créditos hipotecarios involucrados en esa especulción inmobiliaria.
El plan era ingenioso: conceder créditos hipotecarios a personas a las que ninguna entidad financiera se los concedía debido a su nula solvencia financiera y, además, sin cuestionar el valor asignado a los inmuebles a hipotecar. A continaución se ponía en marcha un procedimiento por el que un conjunto de esos créditos eran "empaquetados", "cortados a trozos" y convertidos en garantías de unos bonos que eran asegurados, emitidos y renegociados hasta la saciedad. Se ha estimado que un dólar estadounidense invertido en el proceso en el año 2003 podría haberse convertido en 60 dólares en el año 2007.

martes, 7 de septiembre de 2010

El crash del 2010. (4)


Deseo destacar que nos hallamos en un momento muy semajnte al período 1760-1770: una vez definida la filosofía del sistema que sustituirá al capitalismo, se está diseñando la que será la estructura de ese nuevo sistema. ¿Qué ha sucedido? Simplemente que el sistema capitalsita, el actual, ha cumplido su función y ya se halla prácticamente agotado. La crisis de las hipotecas basura, los niveles descontrolados a que se ha llevado la economía financiera, los montos de deuda privada de todo punto ya inasumibles, la creciente productividad que ya está tornando en excedentarios amplios colectivos humanos, los avances de una tecnología crecientemente eficiente, no son más que manifestaciones del agotamiento del sistema.
Nuestro sistema alcanzó el punto de no retorno en 1973 y su máximo nivel de evolución en el año 2003; a partir de aquí comenzó a gestarse el crash del 2010, cuya precrisis comenzó en 2007. La del 2010 no será una crisis coyuntural a semejanza de la de 1962, la de 1987, la de 1991 o la del 2000, sino una crisis sistemática, porque supondrá cambios en cómo "las cosas son hechas", es decir, en el modo de producción, al igual que lo supuso el crash de 1929, que dio paso a la Depresión de los años treinta.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El crash del 2010. (3)


El capitalismo se sustenta sobre tres bases. Su base cultural la determinó el calvinismo, la base filosófica se la dio la Ilustración y la económica de alguna manera es consecuencia de las otras dos y está definida por la búsqueda de la maximización del beneficio individual.
La ética calvinista aportó algo que la moral católica, simplemente, no contemplaba: el individualismo. Para la moral católica lo único importante era la salvación de las almas en un entorno de libre albedrío, sí, pero influido por el mensaje de que la vida terrenal era un mero accidente en el tránsito hacia la eterna, la única importante; en consecuencia, los padecimientos y sufrimientos de ésta en nada importaban, ya que esta vida era una preparación, en la mortificación, para aquella. En un entorno como el descrito, únicamente los ministros de la Iglesia, y en el idioma divino, el latín, podían hacer de transmisores entre los fieles y Dios.

domingo, 29 de agosto de 2010

El crash del 2010. (2)


Ciertamente, desde 1950 hemos vivido muy bien, en Occidente mejor, claro: la edad dorada y, luego, los felices 2000, como los felices años veinte, sí. Pero las cosas se acaban; no por nada mágico, sino porque lo que vivimos forma parte de la evolución de esas mismas cosas. Magistralemnte lo expresa Charles Aznavour en "La Bohème": "Montmartre semble triste / Et les lilas sont morts". Al igual que para aquel pintor que hace años vivió intensamente una pasión en un barrio repleto de lilas, nuestro barrio parece ahora distinto, y las flores, marchitas. La evolución de las cosas, de nuestras cosas, nos ha llevado a un punto de ruptura trágico pero inevitable.
Será duro, durísimo, pero se superará, ¡evidentemente! No será el fin del mundo: nunca lo es; pero las cosas, nuestras cosas, nunca volverán a ser como fueron. Eso ya no es posible, es consecuencia de la evolución, es parte del precio que hay que pagar por ésta. Y ese precio supondrá que no volvamos a sentir un Montmartre igual de dichoso a como lo sentimos, ni a percibir las lilas en todo su esplendor.

sábado, 28 de agosto de 2010

El crash del 2010.

A partir de hoy os iré colgando retazos de "El crash del 2010", el libro de Santiago Niño Becerra publicado en el 2009.



Usted es consciente de que desde hace un tiempo este tipo de noticias han ido en aumento, si bien no recuerda cuándo comenzaron exactamente; le saco de la duda, aunque, en el fondo, no es demasiado importante: fue en septiembre de 2007, cuando salió a la luz la gigantesca problemática económica que un producto financiero, las llamadas hipotecas de alto riesgo, las subprime, llevaban tiempo creando. A partir de aquí empezó a generarse una maraña de deudas impagables, capacidades de endeudamiento agotadas, fuentes crediticias cerradas, desconfianza, temor, caída de la actividad económica, miedo social, desempleo...
Esta evolución está conduciéndonos a una crisis de proporciones gigantescas, estructuralmente muy parecida a la Depresión de los años treinta, a un crash que en 2010 reproducirá la situación de derumbe que se produjo en 1929. Un crash, una crisis por otro lado inevitable, porque es parte de la evolución en la que la dinámica histórica lleva inmersa diez mil años.

lunes, 19 de julio de 2010

Oligarquías

Jon Juaristi en ABC


LOS regímenes oligárquicos, basados en la exclusión, producen mayorías sociales despolitizadas, pero fácilmente movilizables ante cualquier atisbo o mera sospecha de agresión o simple antipatía desde el exterior. El franquismo fue un ejemplo redondo de dicha categoría, como bien lo supo ver y describir, ya en 1957, un gran periodista norteamericano, Herbert Matthews. En tiempos más cercanos, las últimas manifestaciones masivas de adhesión a Franco (las famosas concentraciones en la Plaza de Oriente) se abastecieron de grandes contingentes de población apática (o, como mucho, tibiamente franquista) en torno a un franquismo activo muy minoritario.
Este comportamiento tiene su explicación. El régimen convertía las críticas que sobre él se vertían desde el extranjero en ofensas contra España. La apelación al orgullo herido de los españoles proporcionaba a las mayorías pasivas, permanentemente excluidas de la cosa pública, un sucedáneo de acción política que el régimen rentabilizaba en su provecho. Desde luego, se han dado casos mucho más trágicos de manipulación del sentimiento patriótico por dictaduras de diverso signo, como la invasión de las Falkland o Malvinas bajo la Junta Militar argentina. Ahora bien, sin llegar a tales extremos, fenómenos de tipo semejante no son del todo desconocidos en el seno de las democracias, allí donde se constituyen poderes regionales excluyentes. Aparecieron incluso en los Estados Unidos, donde la segregación racial contó con el amparo de las autoridades locales en vastos territorios del Sur hasta los años sesenta del pasado siglo.
Si en España existe hoy un caso claro de régimen oligárquico, se halla, sin duda, en Cataluña, donde el nacionalismo transversal ha conseguido silenciar toda alternativa al mismo recurriendo tanto a la presión institucional como a la violencia abierta. En Cataluña domina una especie de franquismo cuatribarrado que excluye del juego y sume en la apatía política a la mayoría de los catalanes. Una mayoría pasiva, que se abstiene en el referéndum de la reforma estatutaria, pero que se moviliza, al menos parcialmente, cuando el tripartito agita el espantajo de la agresión centralista. Ante esta evidencia, la única estrategia razonablemente democrática, tanto desde el gobierno como desde la oposición, pasaría por el fomento común de una resistencia cívica al nacionalismo. Así se ha hecho en el País Vasco, y con buenos resultados. Pero el gobierno parece considerar que no hay otra Cataluña legítima que su oligarquía nacionalista, y la oposición, confiando en una improbable división del frente estatutario, mira hacia otra parte y permite que medre en su campo un anticatalanismo visceral que se parece mucho al nacionalismo friqui de los maulets, con su empeño en recordar que Montilla es un maldito charnego. Así no se logrará otra cosa que la consolidación del régimen oligárquico y la rápida desaparición, en Cataluña, de los últimos restos de una democracia constitucional minada por los dispositivos de la exclusión. Precisamente lo que se está consiguiendo evitar en el País Vasco. Lo que allí es lucidez se vuelve estúpida ceguera cuando se mira hacia Barcelona.

sábado, 12 de junio de 2010

Las tres mentiras de Barcelona

La opinión de Félix Ovejero



La exposición Fent Barcelona costó 80.000 euros. Su promoción, 237.000. Un singular modo de hacer un pan con unas tortas que me recuerda un chiste del genial Perich: “Para poder construir la torre Eiffel fue preciso elevar antes un andamio metálico de mayor altura. Los elevados costes de dicho andamio arruinaron a los constructores y la torre no pudo elevarse nunca; ni siquiera se pudo derribar la estructura metálica. Pues bien, ese andamio es lo que en la actualidad se admira como si fuera la torre Eiffel.”
Barcelona ha acabado por asemejarse a muchos de sus restaurantes, que emplean más talento en bautizar los platos que en cocinarlos. En otro tiempo ese proceder era cosa del comercio ambulante, de chamarileros que sacan lustre a la parte visible del género a la espera de rematar rápido el negocio y salir corriendo antes de que el cliente tenga ocasión de tasarlo, el tente mientras cobro. Pero los tiempos cambian y, hoy, el tráfico de sueños se ha convertido en una industria con poses muy dignas, incluso dispone de su propio cuerpo doctrinal: la publicidad no nos informa de un producto, de para que sirve esto o aquello, sino de un modo de vida. Ahí es nada. El atrezzo convertido en el argumento de la obra.

Barcelona parece cada vez más un decorado de Barcelona. Si uno fuera un filósofo francés, se preguntaría si existe Barcelona. Entiéndase, no quiero entonar la enésima tarantela sobre la ciudad perdida, esa obscena cháchara que llevó a unos cuantos letraheridos, con pose de Baudelaire o de Gide, a defender la roña de la ciudad preolímpica. Una ciudad que, eso sí, sólo visitaban a horas convenidas, antes de retirarse, Balmes arriba, hacia otras calles en las que no faltaban la luz ni las condiciones higiénicas. Parecían lamentar que los que por allí vivíamos no congeláramos nuestra cochambre para que ellos pudieran mercadear de la peor manera con el sexo y los sueños de los vecinos más derrotados de la ciudad. Se habían inventado una Barcelona, canalla y maldita, y no querían que les estropearan el juguete. Fantasías de niños bien a cuenta de la miseria ajena.

Aquella ciudad está muerta y bien muerta, y el que quiera ver monos que se vaya al parque. Pero también por aquellos años olímpicos, empezó a manifestarse lo que ahora parece imponerse: el énfasis en la cosmética. Si no se podía acabar con el lado oscuro, mejor componer el gesto y adornarse. Y la ciudad se entregó al fantaseo. A mentirse. La operación no fue ajena a la extensión de un virus nacionalista que acabó por afectar a todos los tejidos de su vida social y que Félix de Azúa glosó en un memorable artículo en El País, Barcelona es el Titanic. Es sabido que ese virus, para desarrollarse, necesita de los mitos. Entre el arsenal de mitos, tres han abastecido a la ciudad hasta el empacho. Todos ellos convenientemente alentados desde las instituciones, como es normal.

El primero, la Barcelona resistente. La nuestra sería una ciudad republicana que sobrevivió al franquismo sin dejarse contaminar por él. Una verdad a medias, es decir, una falsedad. Por los diarios de Azaña sabemos que la lealtad de los barceloneses con la República no resultó conmovedora. Y, desde luego, entre las clases dominantes a Franco se lo recibió, por lo menos, con alivio. Sin ir más lejos, la familia Maragall recibió con algo parecido al entusiasmo “la liberación de Barcelona”, según nos enteramos el pasado verano. Nada que debiera sorprendernos. La reciente biografía de Martí de Riquer nos confirma lo que nos resistíamos a ver en las fotos de los días aciagos: muchos barceloneses salieron a la calle a recibir a las tropas de Franco. No todos estaban allí a punta de pistola. Sin duda, había miedo y fatiga y muchos habían emprendido el camino del exilio. Pero de lo que no cabe duda es que no hubo resistencia. Para la exacta historia del mundo, Madrid, con toda justicia, sería la ciudad de la resistencia antifascista.

El segundo mito, la ciudad rebelde. Con frecuencia, nuestra ciudad aparece como una suerte de reserva espiritual de mayo del 68. Basta con ver las manifestaciones pacifistas o antiglobalización. Seguramente, bien contadas, las cifras no son las que se dicen, pero nadie puede discutir que, en proporción a la población, deben estar entre las más concurridas del mundo. Eso seguro. Sin embargo, hay algo irreal en esas congregaciones, casi todas ellas por las causas más justas. Y es que parecen más ornamento que, si se permite la expresión, genuino instinto de rebelión. Una sospecha que se vio confirmada el verano, el maldito verano, del 2007, el del apagón y de la crisis de cercanías. Miles de ciudadanos vieron como de un día para otro su jornada laboral real aumentaba tres o cuatro otras. Y no pasó nada. Los trabajadores de la no hace tanto llamada ciudad roja se tragaron sin rechistar un retroceso de más de un siglo de conquistas laborales. Nadie levantó la voz. Y eso que, a diferencia de lo que sucedía con las otras manifestaciones, los responsables de sus males no andaban lejos y, desde luego, temían mucho más que Bush lo que los barceloneses pudiéramos hacer.

El tercer mito, el más importante, la identidad. Vaya por delante que la identidad es cosa de poco mérito. No hay nadie sin identidad y todos la tenemos sin esfuerzo. No se conquista, no se busca o alienta. La idea, por lo demás, no es clara. En todo caso, sea lo que sea la identidad, parece que tiene que ver con lo que perdura, con lo que se mantiene, con lo que no cambia o se diluye. Cuanto mayor la mezcla o la mudanza, menos estable es la identidad. Por eso, la identidad se muestra menos cambiante en aquellas ciudades en las que las gentes se van. Los estudios sobre apellidos, que nos dicen mucho de las filiaciones y las idas y venidas de las gentes, muestran que Lugo y Huesca son las ciudades españolas con una identidad más genuina. Previsible, de allí se van casi todos y no llega nadie. Esos mismos estudios nos muestran que Madrid y Barcelona son las ciudades que mejor sintetizan lo que podría ser una maqueta de España, un resumen decantado de sus gentes, algo igualmente previsible.

Claro que hay una diferencia, la lengua. Algo importante, pero sin exagerar. Y sobre todo, sin mentiras. Según la encuesta más reciente, un 31,9% de barceloneses del área metropolitana tiene el catalán como lengua materna y un 61,5% el castellano. Casi el doble. El castellano es la lengua mayoritaria y común de los barceloneses. Esa es nuestra realidad, más o menos bilingüe, y, por ende, nuestra identidad. Pero no es esa la que se invoca y la que se recrea desde las instituciones, la que se finge. Basta con echar una mirada a las páginas del Ayuntamiento, a su publicidad, a sus comunicaciones. O a nuestra televisión, a BTV, que informa sobre la ciudad en veinte lenguas, entre las que no incluye la de la mayoría de los barceloneses. Y de los emigrantes, por cierto, a esos mismos a los que apela para justificar ese Babel. A su identidad, claro. Sería bueno saber de quién exactamente. Otro modo de engañarnos.

Los tres mitos se sellan debidamente con una operación de fondo: la reescritura de la historia. Para muestra, la fuente de la que procede la información sobre Maragall, sus memorias, Pasqual Maragall: el hombre y el político, escrito por Esther Tusquets y Mercedes Vilanova. Procede, hay que precisar, no de la edición publicada, a la que faltan veinte páginas, sino de la integra, cuyos 20.000 ejemplares hubo que destruir por las presiones de la familia Maragall. Una familia como todas, o casi todas, pero con el suficiente poder intimidatorio para conseguir su objetivo. En el entretanto, en un entretanto que ya lleva varios años en circulación, desde el poder político, en la presidencia del anterior gobierno de la Generalitat y en la actual consejería, no ha habido día en el que no se les llenara la boca a los hermanos Maragall, y a los demás se nos vaciara el presupuesto, a cuenta de recuperar la memoria histórica. Hasta ahora mismo. Hace apenas dos días Pascual Maragall estaba en primera fila en el acto de apoyo al juez Garzón, en la Universidad de Barcelona, en el que, al grito de “no nos callarán”, se criticó a “quienes pretenden borrar la memoria del franquismo”. Asombrosamente allí nadie precisó exactamente quién era el sujeto culpable de tales males ¡Con lo fácil que tenían mencionar al menos algún nombre!

No resultará sencillo desandar ese camino. La fantasía crea adicción y resulta complicado apearse de la impostura. Mala cosa porque, con facilidad, se acaba en el esperpento. Y si hay algo que no debe perderse es el sentido del ridículo. Un primer paso en la terapia consistiría en mirarse al espejo sin hacernos trampas, sin afeites. A nosotros no nos quedará ni el consuelo del andamio.