La opinión de José Antonio Martín Pallín en El País.
Un reportaje de este periódico sobre la fragmentación municipal ha puesto de manifiesto que los integristas unitarios que repudian las señas de identidad de determinadas nacionalidades, fundamentalmente las de Cataluña y Euskadi, defienden numantinamente los vínculos emocionales con su pueblo natal negándose a reconsiderar la disparatada división de España en 8.114 municipios.
Los expertos en Derecho Administrativo señalan que nos enfrentamos a una realidad absolutamente irracional, ineficaz y costosa. No alcanzo a comprender cómo se puede hacer ostentación del rechazo a los signos identitarios de las nacionalidades y, al mismo tiempo, considerar intocables sus fragmentados territorios municipales. La consecuencia lógica es que el bienestar está insatisfactoriamente cubierto por entidades municipales atomizadas y con arcas paupérrimas, que frustran la gestión racional del territorio y el bien vivir de sus habitantes.
Cuando se plantea la necesidad, más acuciante en tiempos de crisis, de agrupar municipios para mejorar sus prestaciones, no entiendo a los dirigentes políticos que declaran públicamente que plantear la supresión de municipios "es ofender a los ciudadanos y crear problemas". Admito que la tarea es problemática, pero de ninguna manera puede constituir una ofensa para los ciudadanos afectados. Otros políticos despachan la cuestión acudiendo a metáforas inmovilistas demasiado manidas: sería abrir un melón de consecuencias imprevisibles.
En una sociedad democrática los políticos deben afrontar los problemas en lugar de eludirlos y dilatarlos eternamente.
En el reportaje al que me refería al principio, un profesor de Derecho Administrativo manifestaba: "Evidentemente, sobran municipios. Es imposible que municipios con 80 personas o menos puedan prestar servicios de calidad". No obstante, reconocemos que se necesita una fuerte voluntad política y que es posible que resulten afectados sentimientos y nostalgias.
En el trabajo periodístico se citaba un caso que podría figurar en el imaginario de una España berlanguiana. La alcaldesa de un pequeño pueblo estaba orgullosa de haberse independizado de otro, no mucho más extenso, porque este empleaba los impuestos en su territorio. Conseguida la secesión, presumía de tener su propio pabellón deportivo y su biblioteca municipal. ¿Era imposible compartir ambas instalaciones? No me parece una buena política colocar un pabellón deportivo al lado de cada encina.
Los pequeños Ayuntamientos manejan competencias y prestaciones que deben plantearse desde una perspectiva supramunicipal, como la planificación urbanística. Por encima de la autonomía municipal está la ordenación del territorio. Se trata de un interés general que potencia el Derecho Administrativo y protege el Derecho Penal. La Ley de Bases de Régimen Local confiere al Estado la potestad de "establecer medidas que tiendan a fomentar la fusión de municipios con el fin de mejorar la capacidad de gestión de los asuntos públicos locales".
En el súmmum del surrealismo, el alcalde de San Sebastián de los Reyes ha llegado a afirmar que Alcobendas tiene una cultura diferente, por lo que carece de sentido hablar de unificación. Interesante trabajo para un sociólogo: encontrar los rasgos diferenciales entre los habitantes de estas dos localidades.
Las consecuencias colaterales de esta fragmentación no pueden ser ignoradas. Los ciudadanos españoles deben saber que en el Registro de Partidos Políticos del Ministerio del Interior están inscritos más de 1.000 formaciones a la espera de las elecciones municipales. Solo pretenden obtener un puesto para negociar su voto con el partido que lo necesite, a cambio de la Concejalía de Urbanismo. Las bases de la corrupción urbanística están servidas.
La autonomía municipal en materia urbanística es nefasta y destructiva. Atenta contra el desarrollo sostenible y olvida que lo prioritario es la ordenación racional del territorio. Desde la perspectiva medioambiental resulta insostenible. Si se han creado mancomunidades para gestionar las basuras y residuos, ¿por qué no unificar y concentrar toda la actividad municipal de forma más eficiente y rentable?
La fragmentación municipal genera una innecesaria proliferación de cargos técnicos y de personal administrativo. Apelar a los sentimientos identitarios y esgrimir que afrontar la irracionalidad crearía problemas, es tanto como renunciar a la política democrática. La Constitución exige a los poderes públicos la promoción de las condiciones favorables para el progreso social y económico que incluye nada menos que la salud y la educación.
Hace ya unos años, un divertido anuncio publicitario enfrentaba a dos municipios, Villarriba y Villabajo, con motivo de sus fiestas patronales. Cada uno cocinaba el arroz por separado. A la hora de lavar la paella, los de Arriba, al parecer más avispados, utilizaban un mágico detergente que, en unos minutos, les permitía comenzar el baile antes que los de Abajo, que manejaban utensilios más ineficaces. ¿No hubiera sido más sensato compartir la paella y que se encargase de comprar el detergente un solo municipio, por ejemplo Villaenmedio?
lunes, 9 de enero de 2012
Cómplices
La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa.
Albert Einstein
Albert Einstein
jueves, 5 de enero de 2012
La traición revelada
La opinión de Rosa Díez en El Mundo.
He dudado mucho antes de sentarme a escribir este artículo porque siento un profundo desasosiego ante la cuestión que voy a abordar.
Nunca se está suficientemente preparado para conocer y reconocer el mal; siempre se abriga una esperanza, aunque sea ligera, de que las cosas no sean tan horribles como aparentan.
Pero llega un momento en que no cabe ya albergar ninguna duda. Es ese momento en el que quien ha hecho el mal se siente impune, presume de sus fechorías e incluso quiere ganar dinero con el relato de las mismas.
El golpe llega cuando el macguffin de la paz deja de ser tal y se convierte en espanto; la bofetada, inmisericorde, golpea cuando lo perpetrado por quienes tienen el encargo de velar por que se cumpla la ley y se haga justicia hacen cosas que serían perseguibles de oficio en cualquier país en el que la separación de poderes fuera algo más que una declaración constitucional.
Pero el shock definitivo se produce cuando ese complot contra el orden instituido se pone en evidencia y nadie reacciona, y no pasa nada.
Hago estas consideraciones tras leer las dos primeras entregas del diario de la negociación entre el Gobierno y ETA escrito en comandita por el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, y el periodista de cabecera de José Luis Rodríguez Zapatero, Luis Rodríguez Aizpeolea.
Dos hombres que estuvieron en los pormenores de la traición tantas veces negada y tantas veces consumada por el Gobierno socialista y el PSOE.
Dos hombres que cuentan ahora con todo lujo de detalles lo que hicieron mientras lo desmentían e insultaban de paso a quienes lo denunciábamos y criticábamos; no me sorprende que los que nos vendieron ante ETA quieran vendernos ahora su historia de indignidad y sacar suculentos dividendos con ello.
Pero me asusta la falta de respuesta democrática ante estos hechos; me da más miedo el silencio que la propia traición.
Es, una vez más, el síntoma de una sociedad democráticamente imberbe, falta de cuajo, necesitada de una profunda regeneración. Una sociedad decente no aloja en su seno gobernantes dispuestos a mentir en nombre de una paz que no encierra sino la renuncia a defender los valores democráticos.
En un país que se respete a sí mismo no hay espacio para quienes traicionan los principios democráticos; tampoco lo hay para quienes por cálculo y/o por cobardía callan y otorgan.
El silencio tiene muchas caras. Quizá haya quien calla porque espera repartirse dividendos, aunque se opusiera cuando el proceso de claudicación ante ETA estaba en marcha; otros piensan que el fin justifica los medios, así que si ETA no mata no vale la pena pensar cuál ha sido el precio pagado.
Luego están los que se buscan una coartada para no hablar del asunto, los que prefieren mirar para otro lado mientras se proclaman amantes de la paz.
Son esas gentes que lo único que buscan es que les dejen en paz, seguir con su vida, no comprometerse con nada ni con nadie; son los que prefieren olvidar que centenares de españoles, conciudadanos suyos, arriesgaron y perdieron la vida para defender sus libertades.
Están también los que han llegado a la conclusión de que los enemigos de la paz somos nosotros, los que no estamos dispuestos ni a olvidar ni a callar; nos llaman intransigentes y nos culpan del mantenimiento del conflicto; a veces son los mismos que siempre acompañaron la estrategia de mimetizarse con la bestia para humanizarla; algunos nos odian más que a ETA porque no les dejamos que vivan en paz con su mala conciencia y con su mentira.
La historia de la indignidad de principios del siglo XXI en España tardará tres o cuatro generaciones en escribirse. Hará falta tiempo para que tomemos distancia, para que los protagonistas no se sientan culpables por acción u omisión, para que puedan hablar de ello sin pedir perdón en primera persona.
Y es que la historia de la indignidad tiene algunos nombres propios, pero los protagonistas han hecho su trabajo miserable porque una ingente mayoría de ciudadanos cobardes lo han permitido. Por eso digo que hace falta tiempo para que alguien cuente a nuestros nietos la verdad de este tiempo oscuro; porque quien más y quien menos ha sido cómplice de la felonía.
Sé que mucha gente que me tiene simpatía preferiría que no escribiera sobre estas cosas. Habrá quien me llame exagerada, quien me recrimine la crudeza de los términos que empleo, quien me acuse de no ser objetiva por ser vasca... Pero me consta que hay muchísimas personas que no tienen una tribuna en la que decir lo que piensan y que se encuentran tan aturdidas y avergonzadas ante la traición desvelada como yo; por eso no callaré.
Aunque a nadie represento, no callaré en nombre de los más de 300 crímenes de ETA que aún no han sido juzgados; no callaré en nombre de todos los que siempre creímos que con ETA no cabe negociación política alguna, que si se empieza a hablar con la banda terrorista de una sola de las reivindicaciones en cuyo nombre instauraron la primera víctima ya se ha traicionado a la democracia; no callaré en nombre de los que nos negábamos a creer que el PSOE pudiera caer tan bajo; no callaré en nombre de tantos compañeros y amigos que fueron asesinados por ETA mientras la banda hablaba con sus jefes de filas; no callaré en nombre de tantos hombres y mujeres buenos que vinieron desde pueblos remotos de España a recoger a sus hijos muertos, a sus maridos asesinados, a sus hermanos, a sus padres...; no callaré en nombre de todos esos nombres propios que no conocemos, de todas esas fotos de carné en blanco y negro que nos recuerdan cada día que hay asesinos vivos que aún no han sido juzgados, que aún no han pagado por sus crímenes.
No callaré porque un día creí en alguno de ellos, de los culpables de la traición; no callaré porque creí que me decían la verdad quienes siguen dirigiendo el Partido Socialista Obrero Español; no callaré porque me mintieron cuando pregunté si estaban negociando con ETA en el 2004, en el 2005, en el 2006...
No callaré porque nos engañaron a todos, porque siguieron negociando mientras los cuerpos de las víctimas aún estaban calientes; no callaré porque lo hicieron premeditada y alevosamente, porque fueron cobardes y mentirosos, porque nos faltaron al respeto. No callaré porque hemos de defender la democracia de sus enemigos y también de aquellos que no están dispuestos a protegerla.
Tampoco callaré ante el silencio estruendoso de quienes tienen más voz que yo pero prefieren callarse.
No callaré ante la hipocresía ni ante el cálculo partidista; no callaré para tener la fiesta en paz; no callaré si se empiezan a archivar expedientes, si se pone sordina, si se extiende el cloroformo, si deciden que por la paz un avemaría...
No callaré mientras haya un solo crimen de ETA sin juzgar, mientras una sola familia no haya podido hacer su duelo, no conozca el nombre de los asesinos de sus seres queridos, no haya sido recompensada por y con la justicia.
En España convivimos bien con la mentira; fíjense que nuestro particular Chamberlain y su estratega ni siquiera reconocieron que hubieran viajado a Múnich y a pesar de la mentira y de sus consecuencias millones de españoles siguieron votándoles.
Es desolador, lo sé; pero yo me niego a aceptar que no nos quede otro remedio que vivir en una sociedad que no se avergüenza de su indignidad colectiva; sé que existen millones de españoles esperando una señal para despertar de este letargo que les ha llevado a considerar la baja calidad de nuestra democracia más como una atmósfera que como un accidente, que diría Chesterton. Por eso, porque tengo fe en el ser humano, sigo escribiendo sobre estas cosas.
Por eso y porque hay 852 conciudadanos nuestros que ya no pueden hacerlo y que fueron asesinados para que otros pudiéramos seguir disfrutando de nuestra vida en compañía de nuestros seres queridos.
sábado, 31 de diciembre de 2011
Ríos de basura
La opinión de Antonio Muñoz Molina en su blog.

Es alucinante la información sobre la nueva corruptela administrativa descubierta en Valencia, en esa empresa municipal que tenía encomendada, irónicamente, la tarea de depurar residuos. Asombra el grado de sinvergonzonería de que son capaces las personas, pero asombra más hasta qué punto la administración pública española ha sido despojada de los mecanismos de legalidad y control. Creer que el remedio para la corrupción son los jueces es como confiar en los servicios de urgencias de los hospitales para arreglar los accidentes de tráfico. La prevención es la justicia más eficaz y más barata. Igual que los accidentes se previenen aplicando a rajatabla un códico de circulación efectivo y racional, la corrupción no dejará de ensuciarlo todo si de una vez por todas no se acaba con el clientelismo, el enchufe, la injerencia política, el arbitrio impune. En los años ochenta, cuando yo era funcionario público, los partidos prometían en sus programas la creación de la carrera administrativa: primero, un acceso riguroso y justo a los puestos; segundo, la independencia profesional; tercero, la posibilidad de ir ascendiendo en la administración de acuerdo a criterios objetivos de mérito y experiencia.
Todo quedó en el tintero. Les pareció preferible, a todos los partidos, eliminar controles legales, ampliar el ámbito de las decisiones y de los gastos que solo dependían de ellos, premiar la obediencia política por encima del mérito, siempre sospechoso, crear organismos más o menos fantasmas para colocar a sus parásitos. Así nos ha ido. Muchas personas capaces se han desanimado y se han marchado. Otras sobreviven haciendo lo que pueden con un sentimiento de frustración íntima. Que tantos funcionarios hayan mantenido contra viento y marea su integridad y hayan seguido haciendo su trabajo es admirable. Ahora estalla todo de golpe y parece mentira que durante tantos años no hubiera límite para tanta inmundicia. Una parte del dinero que debemos y no podemos pagar y que hubiera debido emplearse en hacer un país algo más sólido se lo ha gastado esa plaga de sinvergüenzas.

Es alucinante la información sobre la nueva corruptela administrativa descubierta en Valencia, en esa empresa municipal que tenía encomendada, irónicamente, la tarea de depurar residuos. Asombra el grado de sinvergonzonería de que son capaces las personas, pero asombra más hasta qué punto la administración pública española ha sido despojada de los mecanismos de legalidad y control. Creer que el remedio para la corrupción son los jueces es como confiar en los servicios de urgencias de los hospitales para arreglar los accidentes de tráfico. La prevención es la justicia más eficaz y más barata. Igual que los accidentes se previenen aplicando a rajatabla un códico de circulación efectivo y racional, la corrupción no dejará de ensuciarlo todo si de una vez por todas no se acaba con el clientelismo, el enchufe, la injerencia política, el arbitrio impune. En los años ochenta, cuando yo era funcionario público, los partidos prometían en sus programas la creación de la carrera administrativa: primero, un acceso riguroso y justo a los puestos; segundo, la independencia profesional; tercero, la posibilidad de ir ascendiendo en la administración de acuerdo a criterios objetivos de mérito y experiencia.
Todo quedó en el tintero. Les pareció preferible, a todos los partidos, eliminar controles legales, ampliar el ámbito de las decisiones y de los gastos que solo dependían de ellos, premiar la obediencia política por encima del mérito, siempre sospechoso, crear organismos más o menos fantasmas para colocar a sus parásitos. Así nos ha ido. Muchas personas capaces se han desanimado y se han marchado. Otras sobreviven haciendo lo que pueden con un sentimiento de frustración íntima. Que tantos funcionarios hayan mantenido contra viento y marea su integridad y hayan seguido haciendo su trabajo es admirable. Ahora estalla todo de golpe y parece mentira que durante tantos años no hubiera límite para tanta inmundicia. Una parte del dinero que debemos y no podemos pagar y que hubiera debido emplearse en hacer un país algo más sólido se lo ha gastado esa plaga de sinvergüenzas.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
¿Estamos de acuerdo con la situación del sistema de justicia en España?

Otro gran apartado la justicia. ¿Estamos de acuerdo con la situación del sistema de justicia en España? ¿Estamos satisfechos? ¿Nos parece que no es mejorable? ¿No hay una reclamación ciudadana creciente (aunque no esté articulada) de que la justicia tenga más autonomía respecto del poder político? ¿No tendríamos que revisar cómo se puede dotar a la justicia de más autonomía respecto del poder político? ¿A ustedes les parece normal que el Consejo General del Poder Judicial termine estando constituido por delegados de los partidos polítcos? ¿A ustedes les parece normal que el Fiscal General del Estado tenga tan poca autonomía del poder político que lo nombra que ese poder tenga capacidad de facto para paralizar una ley, como la Ley de Partidos, o de paralizar a los fiscales? es que no es normal, es que eso hay que revisarlo. No es bueno, ni para quienes quieren administrar justicia con criterios de independencia ni, desde luego, para el país.
Rosa Díez en el discurso de presentación oficial de UPyD.
viernes, 23 de diciembre de 2011
La democracia ganó por goleada
Finalmente la transición resultó ser un éxito. Lo creí entonces y lo sigo pensando ahora que vivimos un momento de revisionismo destructivo. El pacto entre españoles de distinto signo político nos permitió transitar de la dictadura a la democracia a una velocidad mayor de la que el analista más optimista hubiera podido suponer. El éxito del pacto constitucional cabe explicarlo, en parte, por lo reciente que estaba en la memoria el recuerdo de tantos años sin liberrtad. Quienes conocieron los horrores de la guerra y las penalidades de la posguerra sabían lo que había que hacer para que la historia no se volviera a repetir en sus hijos y en sus nietos. Precisamente porque recordaban el pasado tuvieron el valor y la sabiduría de mirar hacia el futuro. No quisieron volver a empezar. Todos cedieron para ganar, para que ganaran sus hijos. Y, aunque parezca una obviedad quizá convenga repetirlo (más que nada para contrarrestar los riesgos de la desmemoria histórica): la Transición no fue un empate entre franquistas y demócratas; la democracia ganó por goleada.
ROSA DÍEZ
martes, 20 de diciembre de 2011
¿y el hombre dónde estaba?
"Yo soy un buen ejemplo de ese crucigrama de pertenecias y rechazos que, como dice Amatya Sen, constituyen la identidad de un individuo, para mí la única aceptable. Peruano, latinoamericano, español, europeo, escritor, periodista, agnóstico en materia religiosa y liberal y demócrata en política, individualista, heterosexual, adversario de dictadores y constructivistas sociales -nacionalistas, fascistas, comunistas, islamistas, indigenistas, etcétera-, defensor del aborto,del matrimonio gay, del Estado laico, de la legalización de las drogas, de la enseñanza de la religión en las escuelas, del mercado y la empresa privada, con debilidades por el anarquismo, el erotismo, el fetichismo, la buena literatura y el mal cine, de mucho sexo y tiroteo. ¿Se agota lo que soy en esa pequeña enumeración en la que, a simple vista, abundan las incoherencias y contradicciones? No. Podría llenar todavía varias páginas más mencionando todo lo que creo ser y no ser y estoy seguro de que siempre se me quedarían muchas cosas en el tintero. Cada una de ellas me solidariza con buen número de personas y me enemista con otras tantas y de toda esa amalgama de tensiones y fraternidades, que nunca se aquieta, que está siempre rehaciéndose resulta mi identidad, la única en que me reconozco. Todo el mundo podría decir otro tanto de sí mismo, si se examina con imparcialidad."
Mario Vargas Llosa, "¿Y el hombre dónde estaba?"
jueves, 15 de diciembre de 2011
miércoles, 14 de diciembre de 2011
El catalanismo es un tigre de papel
La opinión de Jesús Royo en La Voz LIbre.
En el País Vasco, el miedo es palpable, es un pringue que todo lo ensucia y hace el aire irrespirable. Durante muchos, demasiados años, había que cerrar las ventanas para hablar de política, o uno se mordía la lengua en los lugares públicos, o se aceptaban con los ojos bajos las bravuconadas del batasuno de turno: “mucho ojito con lo que dices”, o “me he quedado con tu cara”. Tantos tiros en la nuca han servido para apelmazar el cuerpo social en torno al miedo, que hasta en los escaparates se evitan los colores rojo y amarillo: debe dominar el verde, el color de los robles de los bosques de la patria. Y el miedo es el que hace que la gente se aparte prudentemente de aquél que ETA -o su portavoz autorizado- ha marcado como objetivo a batir. Es el fenómeno obsceno de “la diana viviente” en torno a quien huele a muerto: los vecinos protestan porque un policía vive en la escalera, lo cual supone un peligro, sobre todo para las criaturas. En el País Vasco el miedo es espeso y lacerante, y ya veremos cómo se lo van a quitar de encima cuando todo esto acabe. Mi felicitación a los cómicos -luego blasfemos- de 'Vaya semanita': con la risa contribuyen a desprestigiar todo ese mundo mental batasuno autorreferente, cansino y ridículo.
Allá el miedo es espeso y huele a gomadós. En cambio en Cataluña el miedo se distribuye más discretamente, pero con eficacia semejante. Aquí no se mueve nadie, porque al que se mueva le cae encima el oprobio, la bronca y la condena de la Patria. Las consignas circulan a velocidad pasmosa: hay mucha gente dispuesta a hacerlas correr y muchos más dispuestos a dejarse convencer. Las comidas, los comentarios informales en el trabajo, los chascarrillos a la hora de la birra, los correos electrónicos, todo son puntos nodulares de una tupida red de valoraciones “desde el punto de vista nacional”. Una pequeña mafia que señala a quién hay que encumbrar y a quién hundir en el descrédito. Un día, por ejemplo, cité a Francesc de Carreras como ejemplo de pensamiento libre y ética impecable, y alguien que no lo conocía de nada me respondió que “claro, el caso de Francesc hay que comprenderlo, porque su ambiente familiar no es muy favorable a Cataluña”. Está casado felizmente con una riojana. ¡Y eso era motivo suficiente para desactivar toda su difícil integridad, la coherencia de sus opiniones, todo! A mí, profesor de secundaria, que en sesión de claustro me opuse a la prohibición de dar clase de castellano, con una argumentación muy parecida a la del TC, me cayó encima un chaparrón de descalificaciones, a grito pelao, relacionándome con los legionarios que entraron a degüello Diagonal abajo el año 39. La bronca quizá hizo mella en mí, quizá no, pero la misión del sacramental era claro: declarar que mis opiniones no eran tolerables, o sea que no se le ocurriera a nadie compartirlas ni confraternizar con ellas. Así es como ha ido construyéndose esa telaraña de opiniones obligatorias, de opiniones sospechosas y de opiniones directamente prohibidas. Y las personas avisadas, las que saben navegar -¡y flotar!- en las procelosas aguas catalanas, saben perfectamente a qué atenerse. La inmersión no es, como avisaba Maria Pla, profesora universitaria, cuando se implantó, “usar a los niños como soldados de la patria”, algo tremendamente peligroso. No, según las consigna mil veces repetida, la inmersión es lo más justo y saludable, en especial para los castellanohablantes, que así pueden escalar puestos en la sociedad, “como los catalanes de verdad”.
Mucha gente no comulga, pero calla. Callan los periodistas, porque si no, ¿dónde publicarían? Callan los profesores, porque no vas a jugarte las virollas por una tontería así. Callan todos los que tienen un puesto de trabajo relacionado aunque sea tangencialmente con la causa nacional: funcionarios, policías, médicos. Es así como se ha ido construyendo este monstruo, inflado con sus propias amenazas y sobre todo con nuestros silencios. Pero es un monstruo de papel, un globito inofensivo al que solo hace temible nuestro miedo. Hay que pincharlo, ya. Verán qué risa.
Allá el miedo es espeso y huele a gomadós. En cambio en Cataluña el miedo se distribuye más discretamente, pero con eficacia semejante. Aquí no se mueve nadie, porque al que se mueva le cae encima el oprobio, la bronca y la condena de la Patria. Las consignas circulan a velocidad pasmosa: hay mucha gente dispuesta a hacerlas correr y muchos más dispuestos a dejarse convencer. Las comidas, los comentarios informales en el trabajo, los chascarrillos a la hora de la birra, los correos electrónicos, todo son puntos nodulares de una tupida red de valoraciones “desde el punto de vista nacional”. Una pequeña mafia que señala a quién hay que encumbrar y a quién hundir en el descrédito. Un día, por ejemplo, cité a Francesc de Carreras como ejemplo de pensamiento libre y ética impecable, y alguien que no lo conocía de nada me respondió que “claro, el caso de Francesc hay que comprenderlo, porque su ambiente familiar no es muy favorable a Cataluña”. Está casado felizmente con una riojana. ¡Y eso era motivo suficiente para desactivar toda su difícil integridad, la coherencia de sus opiniones, todo! A mí, profesor de secundaria, que en sesión de claustro me opuse a la prohibición de dar clase de castellano, con una argumentación muy parecida a la del TC, me cayó encima un chaparrón de descalificaciones, a grito pelao, relacionándome con los legionarios que entraron a degüello Diagonal abajo el año 39. La bronca quizá hizo mella en mí, quizá no, pero la misión del sacramental era claro: declarar que mis opiniones no eran tolerables, o sea que no se le ocurriera a nadie compartirlas ni confraternizar con ellas. Así es como ha ido construyéndose esa telaraña de opiniones obligatorias, de opiniones sospechosas y de opiniones directamente prohibidas. Y las personas avisadas, las que saben navegar -¡y flotar!- en las procelosas aguas catalanas, saben perfectamente a qué atenerse. La inmersión no es, como avisaba Maria Pla, profesora universitaria, cuando se implantó, “usar a los niños como soldados de la patria”, algo tremendamente peligroso. No, según las consigna mil veces repetida, la inmersión es lo más justo y saludable, en especial para los castellanohablantes, que así pueden escalar puestos en la sociedad, “como los catalanes de verdad”.
Mucha gente no comulga, pero calla. Callan los periodistas, porque si no, ¿dónde publicarían? Callan los profesores, porque no vas a jugarte las virollas por una tontería así. Callan todos los que tienen un puesto de trabajo relacionado aunque sea tangencialmente con la causa nacional: funcionarios, policías, médicos. Es así como se ha ido construyendo este monstruo, inflado con sus propias amenazas y sobre todo con nuestros silencios. Pero es un monstruo de papel, un globito inofensivo al que solo hace temible nuestro miedo. Hay que pincharlo, ya. Verán qué risa.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Elogio al bloque
Vivo en L´Hospitalet de Llobregat, ciudad de bloques. El bloque es una construcción injustamente tratada, es cierto que es una vivienda fea y que no es la ideal, ni es la morada con la que sueña nadie. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que el bloque supuso un paso adelante en multitud de inmigrantes que vinieron en busca de una mejor vida y la lograron gracias a los bloques. Muchas personas que dejaron chabolas y otras construcciones infrahumanas para intalarse en unas viviendas que suponían una gran mejora en su calidad de vida. La vida no es perfecta pero para muchos es mejor gracias a los bloques. El mundo no se acaba en el Eixample.
Diógenes digitales
La cultura no se comecializa en pastillas que, colocadas bajo la lengua, transmitan de inmediato sus beneficiosos efectos y conviertan, como sucedía con el dinero del Arcipreste de Hita, "al necio y rudo labardor... en hidalgo doctor". La cultura, también la digital, exige unos tiempos, un esfuerzo, una dedicación: de nada sirve bajarse toda la discografía de los Beatles, todos los libros de Miguel Delibes o todas las películas de John Ford si no escuchamos los discos, leemos los libros o vemos las palículas. Internet nos ha convertido en obscenos nuevos ricos, acumuladores de cultura. Millones de Diógenes digitales rellenan cada día cientos de discos duros con toneladas de conocimiento. Jamás abrirán esos archivos: necesitarían diez vidas para hacerlo. Además prefieren ver la televisión.
Javier Pérez de Albéniz
Dar las gracias por trabajar
"¿Quién se hubiera atrevido a venir aquí de saber lo que le esperaba? Por muy desesperado que uno esté por sobrevivir, hay otros sitios donde poder trabajar sin que le discriminen a uno por su origen, ¿o no? ¿O es que los desplazamientos de población por razón de trabajo, de pura supervivencia, son tan ciegos que no ven que donde van a por trabajo les van a rechazar? Pero no nos equivoquemos, queridos amigos: todo inmigrante que llega y se queda es porque alguien del lugar le da trabajo, ni más ni menos. Y después es cuando surge y actúa el nacionalismo, para decirle que está trabajando de milagro, que tiene que dar las gracias por trabajar no sólo a quien le da esa posibilidad sino también al que no hubiera querido ni que viniera por aquí".
La identidad mestiza, PEDRO JOSÉ CHACÓN
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