martes 1 de diciembre de 2009

Refelexiones de un naturalista confuso


Félix de Azúa en El Periódico de Catalunya


Confieso que soy un devoto de los programas meteorológicos. Lo primero que hago cuando llego a una ciudad es buscar el canal local para catar el programa del Tiempo. Los hay suntuosos y los hay miserables. Estos últimos indican un talante fatuo y un seso de corcho. Algunos programas del Tiempo añaden apostillas sobre rocío escarchero, nieves rosadas y crías de oso panda. Son emisiones (como manda la cadena) de Yo-amo-la-Naturaleza. Bien es verdad que la Naturaleza es una señora que se murió en el siglo XVIII y cualquiera que haya cursado estudios sabe que ese concepto es un placebo para no quedarnos solos en el cosmos. La Madre Naturaleza suplanta a la Virgen María.

En estos programas, sin embargo, se insiste una y otra vez en el tópico de que los humanos estamos destruyendo la Naturaleza, como si se tratara de dos órdenes distintos, de un lado los humanos y de otro la naturaleza. Así, por ejemplo, se dice que los humanos estamos calentando el planeta o malogrando seriamente el ecosistema. Bueno, es cierto que el clima cambia (siempre ha cambiado), que el entorno es cada vez más asqueroso (sobre todo donde yo vivo), es cierto que de repente en un río catalán aparece un cangrejo belga que se come a las vacas (también se murieron los dinosaurios), todo esto es cierto, y más todavía: los glaciares se escoñan, los ríos se pudren, el mar es una cloaca y el ayuntamiento de Barcelona ha colgado unos adornos de Navidad que parecen traídos de Somalia por esos vascos tan agradecidos. Es cierto. Pero estas catástrofes las causa la Naturaleza, si es que entiendo yo lo que denota ese nombre, y no el humano, que no pasa de ser otro invento de la evolución, como las monas. Y si las abejitas hacen panales, pues nosotros hacemos campos de fútbol y centrales nucleares. Tan "natural" es lo uno como lo otro, a menos de que Dios creara el cosmos y luego, en otro pronto, al humano entero, según sostiene Roma desde hace unos siglos.

Si la Naturaleza se está suicidando (lo que es muy posible) que no nos culpen a nosotros, pobres de nosotros.

sábado 7 de noviembre de 2009

Doctor, ¿verdad que no nos haremos daño mutuamente?


La opinión de Ángel Sánchez Ponce


Según el barómetro del CIS del mes de Septiembre, la corrupción en España preocupa solamente al 1,4% de los españoles. ¡La corrupción no preocupa! ¡uhmmm! una de dos, o el pillaje tiene buena prensa entre nuestros paisanos y, en caso de poder, todos haríamos lo mismo, o bien, damos por perdida la batalla contra esa expansiva epidemia.

Y si no preocupa a la ciudadanía ¿por qué habría de preocupar a sus representantes políticos? a los hechos me remito, en 2007, según información de El Mundo, la mesa del Parlament recibió un informe de la Sindicatura de Cuentas, donde se detallaban las malas prácticas urbanísticas que se daban en Santa Coloma de Gramanet y ningún grupo político requirió la comparecencia del síndico para explicar la situación: ahora sabemos que no se trató el tema en sede parlamentaria porque el orden del día era muy extenso, del mismo modo, el Parlament tenía conocimiento de las actividades irregulares de Millet, desde bastante antes de que se descubriera el pastel del Palau, sin embargo, no se tomaron medidas al respecto, hemos de suponer que el orden del día seguía siendo inabarcable.

No es de extrañar, pues, que en referencia al caso ‘Pretoria’ el diario Público nos ofrezca este titular: “Montilla y Mas ponen sordina a la corrupción. Ambos eluden los reproches para que la operación no aumente el desapego por los políticos”. Entiendo yo que lo sensato sería pensar lo contrario, es decir, que el escaqueo descarado, ese silbar mirando para otro lado, por parte de ambos dirigentes, empeora la percepción que tiene el ciudadano por sus representantes y fomenta el desapego hacia ellos.

Sucede que lo que han protagonizado gobierno y principal partido de la oposición en el Parlament es obedecer al patriarca Pujol, que poco antes había afirmado en la televisión pública catalana: ‘no conviene tirar de la manta porque todos saldremos perdiendo’; así, dicho con naturalidad, pontificando, saboreando la certeza de que nadie de entre la clase política catalana alzará la voz contra tamaña desvergüenza.

Así las cosas, han tenido que ser instituciones de fuera de Cataluña, ¡qué ultraje!, como la Audiencia Nacional, la Fiscalía y la Inspección de Hacienda, las que han tirado de la manta debido a que aquí, o han faltado redaños o todos tienen algo que ocultar. Y esto es lo que hay, nada que no se parezca a lo que ocurre en otros lugares, sólo que aquí, lo hacen unos tipos envueltos en la bandera de Wifredo. Nos chulean, nos trajinan, nos hacen pagar la cama y, cuando se les descubre, solo aciertan a insinuar lo que el paciente aquél a su dentista. En vista de ese exiguo 1,4 %, tal vez, nos lo merecemos.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Los terribles contrastes


HERMANN TERTSCH

HA sido probablemente lo más reconfortante de esta semana. Angela Merkel ha hablado ante el pleno del Congreso norteamericano, Casa de Representantes y Senado unidos. Ha sido un discurso como el que muchos soñamos escuchar de nuestros propios representantes y líderes. Muy pocos han sido los dirigentes extranjeros que han recibido semejante deferencia en Washington. Se ha dicho que Konrad Adenauer, el padre de la República Federal Alemana, hace la friolera de 56 años, recibió el mismo honor. No es exacto. Adenauer habló ante ambas cámaras, el único canciller alemán hasta ahora en hacerlo, pero no en sesión conjunta. Angela Merkel ha adquirido así un puesto muy especial en la jerarquía de relaciones con la administración norteamericana. Ante actos realmente históricos como éste producen hilaridad cuando no vergüenza los patéticos esfuerzos de algunos de presentar su foto semigótica con Barack Obama como un encuentro planetario. Y el efímero encuentro en el Despacho Oval como el principio de una larga y profunda amistad. Pero eso sucede cuando quien habla no sabe nada de casi nada y mucho menos de historia, de simbolismos, de la profundidad que confiere a las relaciones políticas y humanas una comunión de valores. Cuando no se sabe más que de insidias barriobajeras de trepadores e intrigantes de partido semileninista. Si hay algo que ofende quizás más que la incompetencia y el desprecio a la inteligencia ajena es la ignorancia paleta de la que hacen gala algunos dirigentes de este Partido Socialista nuestro, sobre todo los que más hablan. Ignaros arrogantes con trajes y vestidos nuevos que jamás habrían podido comprarse con un salario merecido en el mercado libre. Ustedes ya saben quiénes son.
El discurso de Merkel no tiene desperdicio por su altura de miras, su calidad humana y su sabiduría política. Por supuesto que muy probablemente no sea todo el texto obra suya. Pero suya es la responsabilidad de haber escogido a la gente adecuada para que el discurso que aprobó y pronunció ante el Congreso en el Capitolio haya sido de lo mejor que se ha podido oír en mucho tiempo sobre los retos y los anhelos de la libertad. Sobre la dignidad de la persona y sobre la grandeza de la política, sobre el sacrificio y sobre la gratitud inexcusable a quienes lo hacen, sobre la fuerza de las ideas y el peligro de su debilidad para todos los valores que los hombres libres han de defender. Decenas de veces fue interrumpida por los aplausos y al final de su discurso toda la sala se puso en pie para brindar a la canciller varios minutos de ovación continua y entusiasta. Merkel habló de su infancia y juventud en una dictadura comunista que aquí aún muchos defienden. Y de sus sueños desde entonces del gran país de las oportunidades infinitas que otorgan el esfuerzo, el talento y la libertad. Habló de la grandeza de la democracia que da vía libre al individuo. Y por tanto de la miseria de los experimentos sociales que desde el Estado reprimen al ser humano en aras de promesas de felicidades futuras imposibles y siempre a la postre sangrientas. Merkel dio una lección de historia de una mujer que, súbdita de una dictadura miserable, ha logrado dirigir a la mayor potencia europea. Y lo hizo dando las gracias a Estados Unidos, que tantos hijos ha sacrificado por la libertad de tierras lejanas a las que sólo los unían sus antepasados. Grandeza había en sus palabras. Vergüenza daba recordar la charlatanería buenista y provinciana de nuestro Gran Timonel en su breve paso por Washington.

jueves 22 de octubre de 2009

Acoger al extranjero


la opinión del diputado catalán José Domingo.


Antes de finalizar el 2010, Cataluña tendrá la primera Ley de acogida de inmigrantes que se apruebe en España. Al margen de los conflictos competenciales que puede generar -el Estado tiene competencias exclusivas sobre inmigración y extranjería según el artículo 149.1.2 de la Constitución-, lo más preocupante es que el tripartito y CiU pretenden con esta ley fijar un marco propio de relaciones con el inmigrante al margen del espacio común español.

Probablemente García Márquez y Vargas Llosa no se hubieran establecido en Barcelona si para ser ‘acogidos’ hubieran tenido que superar las pruebas que la ley exige a los extranjeros. El certificado acreditativo oficial por el que se reconoce el arraigo acredita competencias lingüísticas básicas en catalán y el conocimiento de los rasgos básicos, históricos y geográficos de la sociedad catalana.

Es, cuanto menos, discriminatorio que se obligue al recién llegado a aprender primero el catalán y no se le deja libertad alguna para decidir en qué lengua debe ser acogido. El inmigrante es quien mejor conoce su proyecto vital y por ello debe ser él el dueño de su destino.

La intención del Gobierno autonómico de Cataluña no es preparar al inmigrante sino salvar un modelo carca de identidad catalana. En el colmo de los desvaríos, la ley prevé que en los servicios de acogida de los ayuntamientos también se impartirá la formación ‘nacional’ a los españoles procedentes de fuera de Cataluña. Los encargados de darla serán -tienen todos los números- las asociaciones habituales encargadas del adoctrinamiento nacionalista.

miércoles 21 de octubre de 2009

Los intelectuales se pudren


Álvaro Delgado Gal en ABC


En 1892 despareció de las sierras del noroeste la cabra montés; el lince ibérico está en un ay, y el quebrantahuesos dibuja círculos cada vez más erráticos alrededor de tal cual eminencia pirenaica y otros tantos, no muchos, peñascales del sureste peninsular. ¿Hemos concluido la relación de especies extintas o en trance de extinción? No. Queda el intelectual, una subespecie adscrita al taxón homo sapiens. Los intelectuales languidecen por lo mismo que vino a menos la cabra del noroeste o amenazan con tomar las de Villadiego el lince y el quebrantahuesos. Sencillamente, los intelectuales se han quedado sin entorno: los nichos en que acostumbraban a desenvolver su existencia se han visto expuestos, durante los últimos tres o cuatro decenios, a un erosión insistente, progresiva, y probablemente irreversible.
Hago esta constatación como parte interesada, porque yo mismo soy, y lo declaro sin jactancia alguna, es más, lo admito con cierta violencia íntima, un intelectual, quiero decir, alguien que se gana la vida traficando con ideas. Es difícil que una idea sea buena, y punto menos que imposible, que sea original. Puesto que carezco de títulos para considerarme distinto de la mayoría, concedo de barato que las ideas con que trafico son malas antes que buenas, y que rara vez, o quizá nunca, son mías de verdad. Pero esto da igual. El caso es que, en tanto que soldado de tropa, de la tropa menguante, desastrada, dejada de la mano de Dios, de los intelectuales, me he preguntado, me pregunto con solicitud creciente, por qué se nos ha puesto el viento tan de cara, o empleando una expresión que una vez le oí a Vargas Llosa en un lugar cuya mención no viene a cuento, cuándo demonios se jodió el Perú.
Es cierto que los intelectuales no han dejado de equivocarse desde hace tres cuartos de siglo. Causa cierta consternación leer una requisitoria como Past Imperfect, de Tony Judt. Entre 1944 y 1956 la clase intelectual francesa, con excepciones contadas -Raymond Aron, y poco más-, desplegó una incomprensión absoluta de la democracia parlamentaria y la libertad económica, y, en paralelo, una indecorosa simpatía hacia Stalin. Las rectificaciones fueron tardías, torpes, e insuficientes. Era entendible, es más, era justo, que el error repetido pasara factura. Pero esto no me basta. Aquí estamos hablando de ecología, no de moral. El intríngulis no está en que el intelectual haya incurrido en la desaprobación del respetable. El caso es más humillante. Lo que ocurre, es que se ha hecho invisible para el resto de la sociedad. ¿Cómo explicarse el desvanecimiento, el eclipse absoluto?
Situémonos en España, que conocemos mejor que Francia o Italia. A lo largo de los cincuenta, de los sesenta, incluso durante la primera mitad de los setenta, los intelectuales solían ser de izquierdas. No necesariamente, por supuesto. Pero lo más frecuente es que estuvieran situados a babor, en alianza explícita o implícita con el Partido Comunista. Esto era por entero natural. El franquismo, tan eficaz, a partir de los últimos cincuenta, en el manejo de la intendencia, tan instalado, no sólo en el poder, sino en la propia sociedad española, ofrecía una diana clarísima a la crítica ideológica. El sistema de formas y conceptos que proponía el Régimen a los españoles era anacrónico, atrabiliario, y en muchos sentidos grotesco. Ello facilitó un empleo, habilitó un lugar bajo el sol, al intelectual. Por el lado sociológico, que no estrictamente ideológico, se verificó un fenómeno aún más importante. La izquierda, obligada por la Dictadura a renunciar a la política en su acepción ordinaria, se refugió en la cultura y la universidad. En tanto que la derecha se socializaba en la empresa, o en las profesiones donde confluyen la administración pública y la administración de las cosas en general -el Derecho, las grandes oposiciones a las carreras del Estado, etc...-, la izquierda se socializó en la colonización de las ideas. Las dos, tanto la izquierda como la derecha, ofrecían a sus oficiantes un cursus honorum, un peculiar camino de perfección. La diferencia estaba en la estaciones que ese camino recorría. La derecha fatigó el que ya se ha dicho. La izquierda eligió la pana y la virtud airada y consiguió no sentirse inútil a despecho de su ubicación marginal.
¿Hemos terminado? No. Mucho antes de que Zola se subiera a la tribuna para enunciar su «Yo acuso», Marx, un inteligente desclasado, había sabido abrir un hueco a los intelectuales entre el macizo de la burguesía y el macizo del proletariado. En 1844 (Introducción a la crítica de la filosofía hegeliana del derecho) escribió: «Así como la filosofía averigua sus armas materiales en el proletariado, el proletariado encuentra sus armas intelectuales en la filosofía... La filosofía es la cabeza, el proletariado, el corazón».
A lo largo del tiempo, los intelectuales habían desempeñado funciones varias: la de apologistas al servicio de la Iglesia, la de humanistas o poetas en la corte del príncipe, la de bohemios y malditos en las grandes metrópolis europeas del XIX. El marxismo les propone un papel mucho más prometedor: el de parteros de la Historia, que halla en ellos un vehículo y, a la vez, un heraldo, un oráculo. En términos sicológicos, el retorno de esta atribución, o más valdría decir, autoatribución, fue inmenso. Los intelectuales se hallaban lejos de los despachos, de los coches oficiales, de los restaurantes de cinco tenedores. Pero, ¡caramba!, la razón y el futuro estaban de su lado. Y el enemigo era localizable, andaba distraído apretando botones en el puente de mando, y presentaba flancos débiles.
Conviene señalar en passant que el engreimiento de los intelectuales, un fenómeno en parte reivindicativo, en parte compensatorio, tuvo su lado bueno. Muchas personas honradas, voluntariosas, con hambre de balón, volcaron su energía en la edición, la literatura, el arte y la enseñanza. La melancolía innegable que ahora aflige a la cultura se debe en alguna medida al hecho de que la vida pública se ha abierto y los que habrían ido para intelectuales hace cuarenta años, se dedican a echar buen pelo en los negocios y la política. Pero esto es secundario. El cataclismo, el desastre, es de calibre mucho mayor: ostenta el carácter mayúsculo que los marxistas infieren a la hache cuando escriben «Historia».
A pesar del sesgo futurista de la filosofía marxiana, el intelectual conjeturado por Marx en 1844 trascendía a Antiguo Régimen. Se trataba de una figura en la que se fundían, como en un cuño, el pastor de pueblos y el levita bíblico. Sorprendentemente, la democracia ha derivado, sí, en un experimento radical, aunque no según lo soñaron los viejos revolucionarios, sino en línea mucho más afín a las teorías del mercado: sobresale más el que contenta a más consumidores. En este mundo, regido por las leyes de la oferta y la demanda, florecen cantantes, estrellas de la televisión, y políticos con glamour escénico. El intelectual, con su pesada prosopopeya, con sus barbas de patriarca, se ha convertido en un trasto y un pelma. Así, señores, hemos acabado los del gremio. Llegada la democracia a plenitud, desatadas las libertades, el intelectual ha descubierto que su color no es el rojo auroral que pronosticaban los libros proféticos sino el sepia de los celuloides rancios. Como el Palinuro insepulto de Virgilio, el intelectual es un espectro que atiende en el inframundo a que den tierra a su cuerpo y le dejen reposar en paz.

martes 20 de octubre de 2009

¡Claro que sí!


Fernando Savater en El País.


José Bergamín deploraba la decadencia del analfabetismo; otros, con menos ingenio pero con mayor sinceridad, lamentamos el presente eclipse del sentido común. En el caso de Bergamín, la paradoja era provocativamente deliberada; en el nuestro, la constatamos como un doloroso síntoma que confirma nuestras peores previsiones.
Cuando insistimos en la redundante candidez del caballo blanco de Santiago -ustedes me disculparán el símil hípico- no falta nunca la ofendida denuncia, casi incrédula ante tanta desfachatez: "¡De modo que para usted el caballo blanco de Santiago es nada menos que blanco!". Y a uno le toca sonrojarse por ser tan arcaico, tan poco pluralista o alternativo y tan cerrado al diálogo.

Tenemos un claro ejemplo en el discurso de Urkullu en el pasado Alderdi Eguna. El presidente del Euskadi Buru Batzar denunció con (supongo) sincera indignación que el PSE y el PP quieren convertir a Euskadi en una comunidad más de España. Pretenden debilitarla y diluirla hasta, horresco referens, armonizarla con el Estado.

Para ello, no retroceden ante ninguna bajeza: no prescinden de la ikurriña, ah no, sería demasiado brutal, pero le ponen al lado la bandera española; no suprimen el euskera, son muy arteros, pero sostienen en plano de igualdad los derechos de quienes quieren expresarse en castellano; a la Ertzaintza la enredan en quitar carteles pro-etarras, con lo que quema eso y a Euskaltelebista la privan de su mapa telúrico-metereológico tradicional y la limitan al plano de la comunidad autónoma. No cabe duda, van a por nosotros...

O sea, podríamos resumir, no gobiernan como los nacionalistas sino como quienes no lo son. ¡El caballo blanco de Santiago se atreve a ser ufanamente blanco, como si tuviera buenas razones y legitimidad para ello! ¡Habráse visto! Hombre, a uno le parece que no hay nada de malo en que la CAV sea una comunidad más en España: como las otras, sin menoscabo de sus derechos legítimos ni trato de favor. También sin esa excepción que supone el terrorismo y la extorsión mafiosa para mantenerlo, el amedrentamiento de los adversarios políticos, la unanimidad forzosa que impide la expresión pública de voces y símbolos de comunidad con el resto de España o la exhibición hagiográfica de quienes se han distinguido por atentar contra conciudadanos.

No estaría mal poder ser institucionalmente como el resto del país del que formamos parte puesto que de hecho fundamentalmente lo somos: y vivir en armonía con el Estado democrático que es el nuestro (y al que recurrimos con razón en muchas ocasiones, como por ejemplo cuando reclamamosprotección militar para nuestros atuneros amenazados por la piratería) tampoco parece un gran atropello. Perdonen tanta simpleza, pero así lo veo yo.

Cuando oigo discursos como el de Urkullu y otros de parecido corte nacionalista, me parece escuchar a quienes desde hace un par de siglos se escandalizan porque el Estado trate de imponer los mismos derechos individuales para todos los ciudadanos: "¡O sea que ahora tenemos que ser todos iguales! ¡Pero yo soy conde, o marqués, o hijo de un distinguido mariscal! ¿Me van a tratar como a uno más?". Y los ricos: "De modo que debo pagar impuestos como cualquiera para costear servicios públicos que no utilizo y así financiar a vagos y maleantes que no ahorran...".

El elocuente reaccionario Joseph de Maistre rechazaba los derechos del hombre diciendo que él no conocía a ningún "hombre", sólo a franceses, españoles o ingleses. Hablar del "hombre" en general suponía para él acabar con la rica diversidad cultural e histórica del mundo.

Aún hoy hay quien sigue hablando de los derechos humanos "individuales y colectivos", como si precisamente los derechos humanos no se hubieran inventado para combatir los supuestos derechos históricos -es decir, los privilegios- de colectivos como la nobleza, el clero, los gremios, los varones, o los miembros de tal etnia o tal religión.

Lo malo es que la mentalidad diferencialista ha calado ya en la sociedad más allá de la ideología del nacionalismo declarado. No hay más que ver cómo todos los partidos vascos, con excepción de UPyD, suscriben con entusiasmo los privilegios fiscales de la CAV y su blindaje contra asechanzas del exterior: ¡cualquiera se atreve a decir otra cosa! Somos las ventajas que tenemos y las excepciones que nos favorecen, que nadie nos las toque. Y para qué hablar de los abogados que le han salido a ese fantasma que a cada cual se le aparece según el licor del que abusa: la "identidad". "¡Que me roban mi identidad!", protestan unos y otros, con el mismo trémolo angustiado con que Unamuno clamaba "¡que me roban mi yo!". Y la identidad oficial es algo que siempre definen a su conveniencia los especialistas en la materia. Lo curioso es que por el momento la exaltación identitaria sólo ampara a colectivos autodesignados (quienes no se avienen a ello son traidores a los suyos) pero no a los particulares.

De momento, nadie puede invocar a su favor que su idiosincrasia exige ser violador, recibir cohechos o pavonearse con relojes de miles de euros, tal como el escorpión se excusaba ante la rana a la que acababa de inocular su veneno diciendo que tal era su carácter... Pero todo llegará, si somos coherentes con el derecho irrestricto a la diferencia.

En España no estamos en eso todavía, claro. Y tampoco es que vaya a romperse el país, como constatan muy ufanos los de siempre. De momento a los nacionalistas de iure o de facto les interesa más la gestión indefinida del independentismo que la independencia misma. Políticamente, es más segura y más provechosa: se ejerce por aquí y por allá la astuta rentabilidad de la desafección. Hay bastantes que han aprendido a cobrar por hacernos el favor de seguir siendo españoles, lo mismo que esos alumnos franceses que van a cobrar por hacer el favor de asistir a clase. Tan interiorizada tenemos esta situación al parecer irrevocable que los chispazos de unidad son celebrados como triunfos memorables: por ejemplo, los medios de comunicación se deshicieron en elogios cuando la ministra de Sanidad y todos los consejeros autonómicos del ramo salieron juntos a proclamar medidas comunes contra la gripe A. Vaya, no faltaba más que contra una epidemia el país hubiera funcionado según 17 criterios distintos...

Que los nacionalistas tengan sus propias ideas me parece normal. Pero que haya un contagio general que impide a los demás afirmar lo que pensamos so pena de diversos sambenitos retrógrados ya suena peor. El caballo blanco de Santiago sigue siendo blanco, pese al refunfuñar de los coloristas. ¿Qué deseamos, que el País Vasco, Cataluña, Galicia, Navarra o la que ustedes prefieran sean comunidades autónomas ni más ni menos que como las demás, armonizadas con el Estado del que forman parte, sometidas al mismo régimen tributario y por tanto institucionalmente solidarias con el conjunto del país, donde el pleno derecho a utilizar la lengua común oficial conviva con el uso voluntario de las lenguas regionales? ¡Pues claro que sí!

lunes 12 de octubre de 2009

Ladrones patriotas


La opinión de José Domingo


Los casos Millet, del Orfeó Català-Palau de la Música, y Gürtel, del PP, serán estudiados en el futuro por los profesionales de la corrupción para eludir errores de principiante. El libro de estilo del perfecto corrupto incluye dos reglas básicas:

La primera, evitar la ostentación porque genera sospecha. En este caso, los sobornadores, que trabajan con la debilidad humana como materia prima de su industria, han caído en su propia trampa, dedicándose con fruición al despilfarro indecente, a la pompa del dinero fácil.

La segunda, que el sistema funciona a la perfección cuando el Gobierno es tolerante o cómplice, pero tiene fallas cuando cambian las tornas y, súbitamente, se pierde todo interés por salvar al protegido.

Don Vito o Don Millet han sido muy generosos con los sobornos y han alimentado con dádivas a las respectivas “familias”. Muchos compañeros de partido y de patria han recibido sus obsequios a cambio de contrataciones o de aportaciones públicas o privadas. Facturas falsas, dinero negro, creación de empresas destinatarias finales del dinero que son propiedad de hombres de su confianza o de la familia, elevaciones ficticias del precio de las contrataciones para cobrar los sobornos. Nada nuevo bajo el sol. Tampoco en la justificación. Lo hicieron por el partido o por la patria, cuando, en realidad, debieran decir que fue ¡Por la pasta!

Incluso los corruptos deberían saber que no importa la sofisticación e imaginación de las tramas, siempre se corre el riesgo de que el papel o el pen drive dejen huella.

sábado 26 de septiembre de 2009

Cataluña in(ter)dependiente


La opinión de José Domingo en El Noticiero de las ideas.


El 21 de noviembre de 2006, José Montilla pronunciaba su discurso de investidura en el Parlamento de Cataluña. Lo iniciaba diciendo que Cataluña abría una nueva etapa y lo acababa con una descripción de su persona: “más que un ideólogo o un político, soy un trabajador de la política”, “discreto, pero transparente, no grito, pero sí dirijo, no gesticulo, pero sabré gestionar”. Montilla había aprendido la lección de la legislatura anterior en la que el Gobierno-montaña rusa de Maragall hizo del escándalo su seña de identidad. Aquel Gobierno tuvo su carta de presentación en el pacto del Tinell y continuó con al artefacto estatutario catalán que, finalmente, explotó en las manos de sus impulsores. Esta bomba de relojería está todavía pendiente de ser desactivada por el Tribunal Constitucional. Efectivamente, el de Montilla es un Gobierno menos estridente, pero muy eficaz en la construcción nacional. El Presidente de la Generalitat, nacido andaluz, no puede hablar de la Cataluña de sus antepasados pero trabaja para que sus hijos y nietos reconozcan a Cataluña como “nación”. Para lograrlo, utiliza el Estatuto de Autonomía de 2006 como instrumento idóneo para conseguir más autogobierno, más y mejor financiación y un mayor reconocimiento de la identidad nacional. Sin necesidad de gritar, defiende una Cataluña interdependiente de España y de Europa, esto es con dependencia recíproca respecto a ambas. Esta política, calculadamente ambigua, permite que un vector de su Gobierno (ERC) trabaje, con la ayuda del presupuesto de la Generalitat, a favor de la independencia. La “Entesa Nacional de Progrés” El examen del documento programático del Gobierno, denominado de la “Entesa Nacional de Progrés” y la actualización de ese acuerdo, pactado por los socios de gobierno en abril de este año, son buenas muestras de las formas de Montilla. Los titulares del programa son aparentemente inocuos (“Progreso social y atención a las personas”, “Profundización del autogobierno, del Gobierno local y de la acción exterior; la calidad democrática y nuevos valores” e “Impulso económico, empleo y política territorial”) pero el menudillo está cargado de ideología fundamentada en los siguientes principios: a) la demolición simbólica de la presencia de la Administración General del Estado en Cataluña; b) el reforzamiento de la identidad catalana y el impulso al ámbito catalán de decisión; y c) la organización de una estructura que sirva de base para un hipotético Estado catalán. Esta decidida acción de gobierno no hubiera sido posible sin el Estatuto de Autonomía de Cataluña, la complicidad silente del Gobierno de la Nación y la inoperancia del Tribunal Constitucional que, tres años después, no ha sido capaz de dictar la sentencia que sopese la constitucionalidad de aquella norma. La situación sostenida de interinidad se ha aprovechado para ir construyendo una arquitectura normativa que hace desaparecer en la práctica a la Administración General del Estado. Así, en este periodo transitorio se han aprobado leyes que desarrollan el Estatuto como el Consejo de Relaciones Laborales de Cataluña, al servicio del espacio catalán de relaciones laborales, la Agencia Tributaria Catalana que gestiona, recauda, liquida e inspecciona los impuestos en Cataluña; y el Consejo de Garantías Estatutarias que convierte a este órgano en una especie de sucedáneo del Tribunal Constitucional. También, se está tramitando en estos momentos el proyecto de ley del Síndic de Greuges que impedirá la supervisión de la Administración catalana por parte del Defensor del Pueblo. En esta misma línea de fractura se encuadra la futura creación de la Agencia Catalana de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social que acabará con la dependencia orgánica que tenían los Inspectores de Trabajo de su Ministerio, a pesar de la oposición de las organizaciones sindicales y empresariales a nivel nacional. En esta labor de demolición juega también un papel trascendental la deslegitimación de las instituciones o empresas estatales. Son muchas las campañas orquestadas en las que se presentan como inservibles, por profundamente ineficaces, a empresas públicas como RENFE, AENA o la Administración de Justicia. Estas campañas son parte de una estrategia, bien diseñada, que identifica lo español (esto es, lo estatal) con la mala gestión, mientras que la transferencia de competencias cuenta con la presunción de la eficacia administrativa. El proceso se ha visto completado con la progresiva consolidación de una estructura propia de un Estado, según el modelo clásico. Para ello, resulta imprescindible controlar la policía y dotarse de una administración exterior. En lo que hace referencia al modelo policial, el despliegue de la policía autonómica ha finalizado en 2008 con la llegada de los Mossos d’Esquadra a la provincia de Tarragona, pasando a desempeñar la Policía Nacional y la Guardia Civil un papel anecdótico. Uno de los temas estrella de esta legislatura, aparte de la financiación autonómica, es la creación de la Administración exterior catalana. Carod viene insistiendo en que el nuevo Estatuto da fundamento suficiente a la Generalitat “para crear una estructura dedicada a las relaciones internacionales“, a pesar de que el artículo 149 de la Constitución atribuye explícitamente la competencia exclusiva de estas relaciones al Estado, y de que dicho sintagma no aparece en todo el texto del Estatuto (art. 193) que únicamente faculta al Gobierno catalán a llevar acciones con proyección exterior que se deriven directamente de sus competencias. Amparándose en ello, se están creando las Delegaciones del Gobierno de la Generalitat en el exterior. Basta leer los discursos de Carod en Berlín, Londres o Nueva York, con motivo de la inauguración de las nuevas Oficinas, para apreciar el nivel de deslealtad institucional que contienen. Este no es un tema menor puesto que de lo que se trata es de dar apariencia de Estado y de ahí que sólo figure en sus sedes la bandera catalana; además, se presenta a Cataluña como una Comunidad al margen de España y obligada a convivir en ella por una imposición secular. El discurso exterior catalán, se combina con una recurrente reivindicación de lo particular y un aparente pacifismo de raíces históricas inmemoriales que, según la “diplomacia” catalana son garantía de su buena fe y de su carencia de veleidades expansionistas o neocolonizadoras. Esta idiosincrasia supuestamente no-beligerante ha derivado hasta ahora en sonados enfrentamientos con compañías de aviación (Air Berlin) o medios de comunicación privados (The Economist) por asuntos relacionados con las críticas que han efectuado estos medios al modelo lingüístico catalán. La Ley de Educación de Cataluña Esta obsesión por la política lingüística, que empapa el discurso de Montilla, repleto de citas sobre la “lengua propia” y la descalificación de aquellos que defienden la libertad lingüística, atribuyéndoles, de forma malévola, un deseo de romper la convivencia en Cataluña (el discurso de Montilla está impregnado de lenguaje nacionalista y es habitual que en sus intervenciones públicas apele, de forma continuada, al sentimiento de pertenencia y a los conceptos de nación, pueblo o país). El documento programático de la “Entesa Nacional de Progrés” no preveía una nueva ley de educación de Cataluña y, aparentemente, la presencia al frente del Departamento de Educación de un socialista, cuando hasta ahora esta Consejería había sido feudo republicano, hizo albergar esperanzas sobre una mayor flexibilidad en la política lingüística en la escuela. Es más, al poco de iniciar su mandato, Ernest Maragall, hermano del expresidente de la Generalitat y responsable de la educación, reconoció en el Parlamento que los niños de Olot no sabían hablar bien castellano, lo que justificaría una mayor presencia del castellano en las aulas. La sinceridad de Maragall desembocó en una reacción durísima de los nacionalistas de ERC y de CiU. Fue el inicio del cambio de modelo lingüístico que se consagra en el proyecto de ley de Educación de Cataluña. La situación de debilidad jurídica de la política educativa catalana era cuestionada por el Gobierno de la Nación, al intentar aplicar el Real Decreto de enseñanzas mínimas que prevé impartir tres horas de castellano a la semana y por los tribunales que dejaban al descubierto el artificioso engranaje administrativo que había servido de soporte a los atropellos lingüísticos. En concreto, la sentencia del Tribunal Supremo confirmando la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que obligaba a preguntar a los padres en la hoja de preinscripción por la lengua en la que querían escolarizar a sus hijos en la primera enseñanza (hasta los ocho años) encendió la alarma roja del Tripartito, llevando a ERC a condicionar su continuidad en el Gobierno al blindaje de la política lingüística. La contestación se ha materializado en la aprobación de un Plan de Inmersión y el nuevo régimen lingüístico de la Ley de Educación de Cataluña que extinguen los pocos derechos de los castellanohablantes que reconocía el artículo 21 de la Ley de Política Lingüística de 1998. De aprobarse el proyecto de ley, la inmersión lingüística será reconocida por primera vez en un texto normativo y los castellanohablantes sólo tendrán derecho a reclamar la escolarización en su lengua habitual durante un único año mediante el modelo segregacionista de la atención individualizada. Son los socialistas, nuevamente, ya lo hicieron en la ley de Normalización de 1983 y en la Ley de Política Lingüística de 1998, los encargados de aplastar la escolarización en castellano. La lengua de acogida de los inmigrantes El último paso en el proceso de construcción nacional es la asimilación cultural de los inmigrantes. Cataluña, cuenta con casi un millón cuatrocientos mil residentes extranjeros (un 16% de su censo) y esta cifra preocupa a los defensores de una identidad única catalana. El Gobierno en el año 2007, con motivo del Congreso Internacional sobre la acogida de las personas bienvenidas, presentó una ponencia en la que, al hablar de acogida para los inmigrantes, quedaba claro que se pretendía intervenir en el uso de la lengua catalana de los colectivos de la “nueva inmigración”. La aprobación de un pacto nacional (¡como no!) para la inmigración ha sido la coartada para la elaboración de una Ley de acogida en la que se condiciona el imprescindible certificado de arraigo al conocimiento de la lengua catalana, priorizada respecto al castellano, lengua oficial del Estado. De aprobarse en su literalidad el proyecto resultará, por ejemplo, que un residente de nacionalidad argentina en Madrid no tendrá problemas de arraigo y, en cambio, si vive en Tarragona, le darán el certificado cuando acredite los conocimientos lingüísticos (en lengua catalana, por supuesto). Los efectos del Estatuto de Autonomía han continuado influyendo en la política catalana y es la promesa del paraíso de la especificidad el que guía al Gobierno. Su empecinamiento en marcar la diferencia hace inviable, por ahora, la posibilidad de un gobierno en el que los intereses nacionales, entendiendo por tales los de toda España, primen sobre lo particular.

jueves 24 de septiembre de 2009

El Gobierno, entre Escila y Caribdis


Javier Pradera en El País


El presidente Zapatero ratificó el pasado sábado ante el Comité Federal del PSOE -en su condición de secretario general de los socialistas- la decisión gubernamental de elevar la presión fiscal en torno al 1,5% del PIB, previamente anunciada durante el debate celebrado el 9 de septiembre sobre la evolución y las perspectivas de la situación económica y el empleo. La pésima costumbre de sustituir las sesiones del Parlamento por las reuniones de los partidos como ámbitos noticiosos alcanzó también al aplazamiento durante un año del cobro de los 1.500 millones adeudados por los ayuntamientos. Hasta la aprobación por el Gobierno esta semana de los Presupuestos Generales de 2010 y su posterior negociación con los grupos parlamentarios aliados, no se podrá conocer la nueva estructura de los ingresos del Estado. Zapatero mantiene el suspense hitchcockiano creado por los contradictorios globos sonda lanzados desde medios oficiales: sólo ha avanzado el scoop de que "algunos ajustes fiscales serán al alza y otros a la baja".

La alternativa a la subida de impuestos anunciada por el Ejecutivo sería una elevación del déficit

El objetivo básico de ese incremento recaudatorio de 15.000 millones sería garantizar la cobertura de los gastos sociales -disparados por los dos años largos de crisis económica- sin necesidad de incrementar todavía más un déficit presupuestario que rondará al final de este ejercicio el inquietante porcentaje del 10%. De tomarse al pie de la letra las palabras pronunciadas por el presidente Zapatero en el debate parlamentario, la política impositiva tiene una vertiente instrumental en cada fase del ciclo, "además de un postulado que responde a cuestiones ideológicas". Así pues, la conveniencia de bajar o de subir la presión fiscal depende sólo de la coyuntura: "No me aproximo al tema de los impuestos con una actitud dogmática en ningún sentido". Situados igualmente en esa perspectiva instrumental, no faltan destacados expertos -ajenos a la CEOE- en desacuerdo con cualquier elevación fiscal previa a la consolidación de la fase ascendente del ciclo. A juicio de esos economistas, que trabajan para el Gobierno o se muestran muy próximos a sus planteamientos políticos, se debería aplazar la subida de impuestos -a la larga necesaria- hasta que la tarta aumente de tamaño y recurrir entre tanto a un aumento del déficit. Aun discrepando de la afirmación de Zapatero sobre el carácter exclusivamente técnico de la decisión, el Gobierno y el PSOE parecen resueltos a justificar el alza impositiva no tanto por razones instrumentales como por criterios valorativos de equidad que enfrentarían las posiciones socialdemócratas con las conservadoras.

La dificultad de elegir entre dos males -en esta ocasión subir los impuestos o elevar el déficit- tiene una larga tradición: el astuto Ulises sufrió esa prueba tras eludir los embrujos de las sirenas en su viaje de regreso a Ítaca. A fin de no naufragar en las embravecidas aguas del estrecho de Mesina, el ingenioso aqueo prefirió bordear la roca habitada por la monstruosa Escila, que devoró a seis tripulantes de su nave, antes que orillar el peñasco de la aún más terrible Caribdis. Las amenazas para el Gobierno son la subida de impuestos, con un inevitable coste electoral y eventuales efectos perversos para el empleo, y el aumento del déficit, situado ya en porcentajes peligrosos para la Unión Europea.

Zapatero ha tenido que aprender a costa de su imagen que el rosado optimismo no es una guía mejor para la toma de decisiones que el negro pesimismo: la incertidumbre propia de la economía exige conocimientos, prudencia y modestia. Durante el debate en el Congreso, confesó con reticencia sarcástica ("reconozco mi error: algunos de los que suben a esta tribuna nunca se equivocan") que había infravalorado la gravedad de la crisis. Ironizando a costa de quienes mantienen oculta "una receta guardada en la caja fuerte" para resolver la crisis del sistema financiero internacional, el presidente del Gobierno parece haberse percatado de que el futuro se halla tejido con hilos imprevisibles. Si nadie puede hoy "afirmar con rotundidad" cuándo se producirá la recuperación del crecimiento económico estable, carece de sentido -recalca- exigir del Ejecutivo "un juego de vaticinios": sabia lección cuyas enseñanzas debería seguir de ahora en adelante el propio Zapatero para no basar sus decisiones sobre expectativas falsas.

martes 22 de septiembre de 2009

Catalonia is not Poland


La opinión de José Domingo.


Algunos acontecimientos han venido a situar las cosas en su sitio después del chaparrón del referéndum-bufo de Arenys sobre la independencia de Cataluña y del anuncio del rosario de consultas que pretenden convocar "nuestros secesionistas" en municipios estratégicamente seleccionados.

El primero, las obstinadas y repetidas protestas de los operarios que han perdido su puesto de trabajo y que persisten en plantear sus reivindicaciones con desparpajo no nacionalista (sin ir más lejos, el “Catalonia is not Poland” de los trabajadores de Sharp); el segundo, la palmaria demostración de que el clásico "Espanya ens roba" debe ser reemplazado por el más adecuado: "Els nostres burguesos ens roben, i de quina manera!”. Finalmente, el último golpe, la selección española de baloncesto ha ganado la Copa de Europa con un equipo formado en su mayoría por catalanes que tiene en sus filas al mejor jugador del torneo, Pau Gasol -que dedica el triunfo a toda España- y con un capitán, Juan Carlos Navarro, que se muestra eufórico al recoger el trofeo. Además, el equipo es una piña en el que los diferentes orígenes conviven armónicamente sin ningún tipo de conflicto.

A la vista de lo anterior, sugiero que los soberanistas abandonen la matraca independentista (por ahora, sabemos que poco más de tres mil personas de los más de siete millones de habitantes están a favor de convertir a nuestra Comunidad Autónoma en Estado independiente) y se dediquen a crear empleo, a controlar interna y financieramente los gastos de las instituciones catalanas y a celebrar (también hay que divertirse) los triunfos de la selección preparando homenajes a los jugadores catalanes que tanto han contribuido al éxito del baloncesto español.

martes 15 de septiembre de 2009

Proteger al que enseña


Gabriel Albiac en ABC

EN el que es para mí su más acabado relato, pone Jorge Luis Borges a su Paracelso en presencia del joven Grisebach, que aspira a ser aceptado como su discípulo. Reticente, el viejo sabio deja que exponga sus motivos. Grisebach habla con respeto e inteligencia. Paracelso mantiene su distancia, sin embargo. Tal vez le inquieta el ímpetu excesivo de este que quiere ser aprendiz suyo: pero un aprendiz no habla; y, menos aún, pregunta; y, en ningún caso, exige nada a su maestro. El joven tiende una bolsa de oro. Y formula su propósito: «Es fama que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera». Paracelso lo mira, desolado. El lector percibe un vidrio infranqueable entre ambos. Grisebach busca romperlo: toma de la mesa la rosa que trajo consigo, la arroja al fuego, al poco no es más que ceniza. El maestro le devuelve su dinero y lo despide. La puerta se cierra. «Paracelso», escribe Borges, «se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió».
Enseñanza autoritaria es pleonasmo. Habla el maestro. Sus palabras se perderían en lo inútil, si discípulo y maestro estuvieran en igual plano. Aprender es posible sólo cuando alguien -el que sabe- ocupa un lugar simbólico cuya preeminencia el otro -el que aprende- respeta, aun antes de que una palabra sea dicha. Sin esa cesión, no hay saber ni maestría que puedan ser transmitidos. Son las reglas de un juego en el cual cada sociedad se juega su ser. Sin la autoridad del que sabe ante el que aprende, ningún patrimonio anímico es transmisible. Durante siglos, la garantía de lo sagrado fue respaldo de tal continuidad de saberes, esto es, de autoridades. San Agustín, en De Magistro, daba razón de ello: ¿por qué aceptar la voz del maestro, si no es porque a través de él habla algo que es en sí mismo sagrado? «Al que escucha, si las sintió y presenció, mis palabras no le enseñan nada, sino que él reconoce la verdad por las imágenes que lleva en sí mismo; pero, si no las ha sentido, ¿quién no verá que él, más que aprender, da fe a las palabras? Cuando se trata de lo que captamos con la mente, es decir, con el entendimiento y la razón, hablamos de lo que vemos presente en la luz interior de la verdad, con que está iluminado y goza el llamado hombre interior; pero entonces, también el que nos oye, si él mismo ve con una mirada simple y secreta esas cosas, conoce lo que yo digo en virtud de su contemplación, no por mis palabras. Luego tampoco a éste, que ve cosas verdaderas, le enseño yo algo diciéndole la verdad, pues aprende, no por mis palabras, sino por las mismas cosas que Dios le muestra interiormente; por lo tanto, si le preguntase sobre estas cosas, también él podría responder. ¿Y hay nada más absurdo que pensar que le enseño con mi locución, cuando podía, preguntado, exponer las mismas cosas antes de que yo le hablase».
¿Qué autoridad queda al maestro, cuando la reverencia debida a su metafísico vicariato de lo divino no posee ya subsuelo de creencia en el que enraizar? Es duro responder que no hemos hallado nada con lo cual suplir aquel altar de lo sagrado que, tras la huida de los dioses que cantara Hölderlin, hizo del magisterio oficio en nada superior al de los lacayos. ¿Por qué respetar a ese pobre diablo mal pagado, en cuya función nadie cree, el Estado menos que nadie? Bien está que, al menos, la administración lo proteja de palos y humillaciones. Pero el maestro ha muerto.

martes 8 de septiembre de 2009

De falangistas y comunistas


La opinión de José Domingo.


De todas las informaciones leídas sobre el falso referéndum de Arenys de Munt convocado por el “Moviment Arenyenc per l’Autodeterminació”, me han parecido especialmente tendenciosos los titulares de algunos periódicos. Según han publicado, el abogado del Estado que ha interpuesto el recurso contencioso-administrativo contra la moción aprobada por el pleno de ese Ayuntamiento en apoyo a la consulta, tiene un pasado falangista.

No ha sido la Falange la que ha decidido recurrir el acuerdo del Ayuntamiento, sino la Delegación del Gobierno en Cataluña que dirige el socialista Joan Rangel. Los Abogados del Estado son los encargados de defender y representar en juicio a la Administración central por lo que la ideología actual o pasada del excelente abogado Sr. Jorge Buxadé es intrascendente a esos efectos. En estos mismos días se ha conocido que la Delegación del Gobierno en Andalucía ha presentado un recurso contencioso-administrativo contra el acuerdo del Ayuntamiento de Granada de mantener un monumento a José Antonio Primo de Rivera en la vía pública por entender que esta decisión vulnera la Ley de Memoria Histórica. Ningún medio de comunicación ha hurgado en la condición ideológica del abogado del Estado que lleva el caso. Desconocemos si es socialista, democratacristiano o carlista. Y así debe ser, puesto que a estos funcionarios se les piden cuentas por la calidad de la defensa jurídica, no por su adscripción ideológica. Conozco a algunos Abogados de la Generalitat que han tenido que defender resoluciones de esta Administración en las antípodas de su pensamiento, y han ganado el pleito.

El abogado del Ayuntamiento de Arenys de Munt es el diputado Salvador Milà que actualmente milita en ICV y antes fue del PSUC, cuando este partido se reconocía comunista. Salvador Milà no pleitea al lado del ayuntamiento por su antigua condición de joven comunista, sino porque ha recibido un encargo profesional consistente en defender la legalidad del acuerdo de esa corporación de apoyar consultas populares en su municipio. Desconozco si el Ayuntamiento de Arenys de Munt apoyaría y cedería sus locales para preguntar a los vecinos sobre si están de acuerdo con la castración de los violadores, o la despenalización de la pederastia, o la defenestración del alcalde, o el apedreamiento de los gatos. Es de imaginar que sí, puesto que su defensa se basa en el genérico derecho del ayuntamiento a facilitar las consultas populares. Se ha de asumir, por lo tanto, que la coincidencia de que el alcalde de ese pueblo sea integrante de la Comisión promotora del “referéndum” que desde Arenys de Munt defiende de manera ambiciosa la independencia para toda Cataluña, es un hecho intrascendente a efectos de la decisión municipal.

Si el debate es meramente jurídico hay que situarlo en estos términos y descargarlo de contenido político. La cuestión de fondo sería la misma, fuera cual fuera la pregunta, esto es, si los ayuntamientos contravienen la ley cuando dan apoyo y cobertura mediante acuerdos municipales a asociaciones que quieren efectuar consultas no vinculantes a sus vecinos. Por lo tanto, el hecho de que los defensores de las partes implicadas en el proceso sean falangistas, comunistas, independentistas, o anarquistas es irrelevante y quien ponga el acento en esa circunstancia actúa con evidente mala fe.