jueves, 13 de agosto de 2009

50 años anclados en la violencia



Reyes Mate en El Periódico de Catalunya


ETA ha conmemorado sus 50 años de existencia asesinando. Lo sorprendente no es que mate, que es lo suyo, sino que exista. Eso es lo que llama la atención de la prensa extranjera. Esta España, bien integrada en los valores cívicos occidentales, y este País Vasco, con un nivel de autonomía política que resiste cualquier comparación, no permiten ninguna justificación ni moral ni política del terrorismo etarra . Sería comprensible la existencia de algo así como un grupo mafioso que, falto de apoyos sociales, hubiera transformado viejos ideales políticos en un modus vivendi basado en la extorsión. Pero si todavía es algo distinto a un mero grupo mafioso es porque, pese a todo, sigue contando con equívocos políticos y complicidades culturales.

Respecto de los primeros, hay que decir que la evocación de un nacionalismo irredento, fruto del mito más que del análisis histórico, hay que tomárselo con distancia. El más fervoroso nacionalista debería en algún momento mirarse en el espejo que le pone delante El Quijote. Ahí aparece el vizcaíno como la encarnación del cristiano viejo porque por sus venas no corre una gota de sangre impura, ya sea judía o morisca. Y ese cristiano viejo, que tan bien representa el vasco, es, no lo olvidemos, el prototipo del español castizo.
Cervantes, es verdad, no era historiador, pero sí un genio por la ironía con que captó las ideas y creencias de su tiempo. Esa pelea entre el vizcaíno, representante de las esencias patrias, y El Quijote, de sangre tan impura que unas veces es Quijano y otras Quesana o Quejada, destroza el mito nacionalista. Si los libros de texto han dado un vuelco a la historia presentando la «pureza racial» como sangre no contaminada por lo español, habrá que dar la razón a Victor Hugo cuando decía que «si no damos la razón a los hechos, la ignorancia nos perderá». En el capítulo, pues, de la identidad nacional, solo el conocimiento puede salvarnos.
Las complicidades culturales tienen por epicentro el prestigio de la violencia. Donde este prestigio se pone a prueba, en primer lugar, no es en las solemnes condenas de los asesinatos, faltaría más, sino en cómo valoramos sus consecuencias, por ejemplo, en las víctimas.
Durante cuatro decenios, las víctimas de la violencia etarra eran invisibles. Tenían que privatizar su dolor y renunciar a darle un significado político. No se entendía que levantaran la voz, ni siquiera en el funeral. Lo que se sobreentendía es que la historia no avanza sin producir algunos inevitables efectos colaterales. Lo que procedía en esos casos era lamentarlos, sin que a nadie se le ocurriera la peregrina idea de que el futuro tuviera que construirse sobre la memoria de esas víctimas. Gracias al empuje de la memoria, que se ha dado en todo el mundo, las víctimas de la violencia etarra han empezado a contar.
Una segunda manifestación del halo místico de la violencia es el miedo a juzgarla, de ahí la equidistancia respecto de toda forma de violencia. Maestra consumada de esta nivelación del sufrimiento ha sido la Iglesia vasca. Desde el primer momento lo tuvo claro: había que homologar el sufrimiento de las familias que tienen que visitar lejos al hijo preso, con el de la mujer o los hijos de concejal socialista o popular al que ese mismo hijo había asesinado a tiros. La querencia nacionalista de la mayoría de sus pastores les ha llevado a interpretar los hechos de la violencia (asesinatos, torturas, amenazas , etcétera) a la luz de un supuesto conflicto político previo, en lugar de profundizar, como cabría esperar, en el significado moral de esos hechos. Querían estar tan cerca de su grey –el nacionalismo vasco es impensable sin el componente religioso– que no comprendieron el colosal desafío que supone a la conciencia cristiana vivir bajo el terror. Es verdad que ha habido, sobre todo en los últimos tiempos, voces críticas, pero son tan débiles que la tarea de romper el embrujo de la violencia sigue pendiente.
Habría que señalar, finalmente, las biografías de una generación española que no ha hecho sus deberes sobre este particular. La dictadura franquista incluía entre sus objetivos prioritarios borrar del mapa los brotes nacionalistas. Eso explica el favor que encontraron entre los antifranquistas los primeros asesinatos de la banda terrorista ETA.

Con la llegada de la democracia, aquella generación cambió su valoración de la violencia. Lo que pudo haber tenido sentido en una dictadura no lo podía tener en una democracia. Y se pasó de la complacencia a la crítica. Pues bien, lo que pretendo decir es que el itinerario revela una insuficiente elaboración de la significación política de la violencia, porque si hoy estamos donde estamos es porque ETA tuvo en un momento el apoyo de muchos intelectuales, políticos y líderes sociales. Entonces se incubó el huevo de la serpiente.
Contra ese pasado, ¿qué podemos hacer? Mucho si llegamos a entender que la violencia es un producto altamente explosivo y no, como entonces creíamos, el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. La militancia por la resolución razonada de todo tipo de conflictos, los domésticos y los políticos, cuestiona cualquier complacencia con ese pasado violento y con toda forma moderna de violencia.

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