sábado, 18 de abril de 2009

Las niñas putas y los niños en taxi


Juan Manuel de Prada en ABC.



Del presidente cántabro, Miguel Ángel Revilla, sabíamos hasta hoy que era un señorín muy salao que viajaba en taxi con cargo al contribuyente y presumía de haberse desvirgado con putas. Aunque haya sido putero confeso, Revilla está muy preocupado porque a hombres y mujeres se les dispense igualdad de trato; y, para demostrarlo, acaba de retirarle el concierto a un colegio de educación diferenciada. Revilla tal vez piense que en los colegios de educación diferenciada se educa a las niñas para que desvirguen niños cobrando, y a los niños para que viajen en taxi con cargo al contribuyente; pues ya se sabe lo que reza el refrán: «Piensa el ladrón...».
A este señorín tan salao el Mátrix progre le ha hecho creer que la escuela diferenciada atenta contra la igualdad y favorece la segregación; soplapolleces que provocarían nuestra hilaridad si se predicaran, yo qué sé, de los retretes de los bares o de los torneos de tenis. Pero como los colegios de educación diferenciada suelen regirlos instituciones católicas, lo que en sí mismo es una soplapollez se convierte en dogma de fe que el Mátrix progre nos obliga a comulgar por cojones. Los colegios de educación diferenciada vulnerarían el principio de igualdad si a sus alumnos se les impartiesen disciplinas distintas o se les preparase para oficios y habilidades diferentes; pero como no lo hacen, la acusación resulta ridícula. Tampoco se sostiene que los colegios de educación diferenciada favorezcan la «segregación», puesto que no están rodeados de alambradas eléctricas; cuando acaban su horario lectivo, los alumnos de los colegios de educación diferenciada pueden tratarse con quien les pete, como Rafael Nadal puede tratarse con Maria Sharapova cuando acaba sus partidos.
La escuela diferenciada no favorece la desigualdad, ni el segregacionismo, ni parecidas soplapolleces. En cambio, considera un hecho incontrovertible que en el Mátrix progre se prefiere negar: hombres y mujeres somos distintos. Son distintas, desde luego, nuestras fisiologías (como sin duda Revilla pudo comprobar en su iniciación erótica, aunque fuese pagando); y son distintas también nuestras psicologías. Ser hombre o mujer no presupone una inteligencia mayor o menor; pero determina nuestros métodos de aprendizaje, el camino a través del cual nuestra inteligencia se hace más penetrante y luminosa. Y la consideración de este hecho incontrovertible se plasma en resultados inequívocos (que el Mátrix progre, con su característica aversión a la simple y llana verdad, silencia o ignora): los colegios donde se alcanzan mayores logros educativos, donde el índice de fracaso escolar es menor y la preparación intelectual y humana de los alumnos más esmerada son, ¡vaya por Dios!, colegios diferenciados.
Lo que se esconde detrás de esas acusaciones rocambolescas es el odio a la excelencia. Un odio con espumarajos que nace de la ideología; pues a lo que el Mátrix progre aspira -so capa de defender la igualdad entre hombres y mujeres- es a implantar la llamada «ideología de género», que propugna que entre hombres y mujeres sólo existe una banal diferencia fisiológica (subsanable, por lo demás, en el quirófano); y que, por tanto, cualquier otra peculiaridad psicológica o afectiva es un mero producto cultural que conviene erradicar. Para el Mátrix progre, las diferencias incontrovertibles entre los dos sexos son convenciones elaboradas por una cultura represora; y su propósito es anular esas diferencias, para completar su ingeniería social.
Pero el acoso a la escuela diferenciada no es sino el subterfugio que disfraza un propósito de mayor alcance; y es que en el Mátrix progre saben bien que su designio de ingeniería social no se coronará hasta que acaben con la escuela católica. Y a por ella van; empleando, entretanto, como tontos útiles a señorines tan salaos como Revilla.

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